9 de abril de 2017

Un encargo importante

Nota introductoria: Aunque este texto puede leerse de manera independiente, la anterior aparición de Windor, en la que cuento su primer paseo por los terrenos de Trascania, una vez que ya es consejero real, así como el primer "no" consejo que le da al rey Berinio, tiene lugar en "Aprendiendo a desaconsejar" (para leerlo, clickad en el título).

Este texto que podéis leer a continuación, retoma la historia de Windor desde que aconseja por primera vez al rey, y empieza a potenciar su habilidad en tal arte.


Un encargo importante

Con el paso de las semanas, el arte de Windor a la hora de desaconsejar se había ido perfeccionando. Estaba en racha, o como diría un comentarista del “burro-cesto” (deporte donde unos tipos subidos en burros intentaban encestar un balón dentro de un tonel lleno de cerveza, bebiendo un trago por cada tanto anotado), estaba empezando a “calentar la muñeca y el gaznate”. Porque sí, poco a poco Windor había ido logrando que se produjeran pequeñas mejoras dentro del castillo de Trascania.

Su primera victoria ante Berinio había tenido por premio la contratación de una bibliotecaria. Es cierto que era una mujer octogenaria, y que tardaba lo que no estaba en los escritos en localizar algún libro que se le pedía, pero era mejor que no tener a nadie en aquel lugar. Y por increíble que pareciera, Windor había logrado convencer a su vez al rey de que era necesario contratar a alguien que mantuviera limpia la biblioteca. A fin de cuentas, no daba buena impresión para un visitante el notar que el polvo acumulado en cada estantería, tenía más pátina que la propia bibliotecaria.

Por otra parte, se habían ido mejorando algunos otros aspectos dentro del castillo. Windor ya disponía en su torreón de un mobiliario en mejor estado que el que había cuando entró la primera vez. Podía conciliar el sueño sin miedo de que las patas de la cama se rompieran por su mal estado, o sin temor de que lloviera y la falta de techo le provocara un despertar húmedo diferente al más conocido. Sin olvidarse del hecho importante de que se podía pasear dentro de la habitación sin meter el pie en algún agujero del suelo. La cosa iba mejorando poco a poco.

Sí es cierto que había otras cuestiones negativas que, lejos de mejorar, seguían multiplicándose, como los intentos del ayudante de cámara para que Windor cayera en alguna de sus trampas. Habiendo aprendido la lección de que con perros rabiosos es mejor no jugar, el ayudante optaba por diferentes maneras para hacerle imposible la vida al mago. Y una cosa era cierta, a pesar de sus fracasos, aquel tipo tenía unas ideas de lo más originales.

Había intentado sorprender al mago en el torreón, metiéndose en el interior del baúl de éste, pero su plan había terminado con el pobre ayudante aporreando la madera porque se quedaba sin aire, provocando que Windor se asustara sí, pero por miedo a que el tipo la espichara de aquella forma en sus dependencias. También había probado a esconderse en el interior de una armadura mientras otro empleado del castillo hacía lo mismo con otra, con la intención de que el último hiciera de señuelo ante el mago. Aquello había fracasado porque aquel empleado era alérgico al polvo de la armadura, y sus continuos estornudos alertaron a Windor. Por último, y en un claro intento de desesperación, el ayudante de cámara había recurrido a…¡¡¡la paloma jugadora de póker!!!

Tras convencerla de que recibiría un buen pago por cagarse en la ropa de Windor cada vez que éste saliese del castillo, el plan falló por una sencilla razón: Windor había averiguado lo que el ayudante de cámara tramaba (¿no es sospechoso que una persona se tape la boca mientras le susurra propuestas indecentes a una paloma?), y siempre que salía del castillo usaba un parasol. Originariamente el color de la tela del utensilio había sido negra, pero con la cantidad de cagadas de paloma que había recibido, los puntos de negro que quedaban eran tan escasos, que parecía una chirimoya una vez abierta.

Otra de las cosas que Windor añadió a su lista de quehaceres, fue visitar los bosques circundantes del castillo. A fin de cuentas, sus paseos diarios se limitaban a ir desde la puerta del castillo hasta los muelles, y siempre lo hacía por el mismo camino, pasando por la “Posada del inepto”, en lugar de optar por otras rutas. Es por ello que algunas partes del reino le eran desconocidas, y se había propuesto remediar tal circunstancia. Ya se sabe, la información no solamente es poder, sino que contribuye a estar mejor preparado ante cualquier eventualidad.  

Y con tal fin, y aprovechando un magnífico y soleado día, Windor se dirigió a uno de los bosques de Trascania. Para familiarizarse con la zona, optó por empezar con el más cercano al castillo, ya que había bastantes en el reino. Era de agradecer que no abundaran los leñadores en aquel lugar, ya que una de las cosas que más entristecía a Windor era ver bosques talados. Aceptaba que el uso de la madera formaba parte necesaria de la vida humana, pero eso no restaba un ápice a la desolación que sentía cuando la tala era excesiva más allá de las necesidades humanas. Por desgracia la magia no podía hacer que un árbol creciera rápidamente una vez talado, pero puede que algún día alguien descubriera un hechizo con ese efecto.

Los sonidos del bosque insuflaban de un mejor aire los pulmones y el ánimo de Windor. Es cierto que oír los ronquidos del rey Berinio le hacía sentirse a uno en el interior de una piara de cerdos, y que tipos como Letrinus no distaban mucho de las mofetas y las comadrejas, pero eso no era lo mismo. Pasear entre árboles, animales libres y riachuelos, eso sí que era de un valor incalculable.

Cuando Windor llegó a una cabaña en medio de un claro del bosque, sintió algo inexplicable. No tenía nada que ver con un leñador que había roncando en el exterior de la cabaña, apoyado sobre una de las paredes. Ni siquiera con el torrente de saliva que manaba de la boca de aquel tipo. No. La razón era animal: una yegua. Una preciosa yegua, del color del marfil. Se encontraba bebiendo agua de un pequeño riachuelo que rodeaba la cabaña. Aquel animal le hacía sentir a Windor empequeñecido, como si estuviese ante un ser de un poder inimaginable.

Una vez que la yegua dejó de beber agua y dirigió su mirada a Windor, éste tuvo una extraña percepción. No sabía explicar el por qué, pero tenía la certeza de que la yegua se llamaba Aloe. Windor se acercó a Aloe, y sintió la necesidad imperiosa de acariciar su lomo. Entonces, una vez que lo hacía, notó una intensa vibración que le obligó a retirar su mano del animal. Otra nueva percepción se apoderó de él, y supo que Aloe llevaba en su interior a Orus, la piedra de la transformación. Las explicaciones a estos interrogantes pertenecían a otro universo y otro narrador, y quizás eso justificara el hecho de que, una vez que Aloe emprendió la marcha del lugar, Windor sintiera que un fragmento de su memoria a corto plazo había sido borrado, preguntándose cómo había llegado a aquel claro del bosque.

Mientras Windor vivía aquella extraña situación en el bosque, un acontecimiento importante iba a tener lugar en los muelles de Trascania. De acuerdo, dos. En primer lugar, uno de los gigolós de la zona estaba totalmente aburrido por la falta de mujeres requiriendo sus servicios, y eso ya era una noticia de gran impacto debido a la ingente cantidad de clientas potenciales que se peleaban por estos trabajadores del placer.

Aunque el suceso más importante tenía que ver con un barco llamado “Naweb”, capitaneado por un hombre barbudo y con anteojos, y que acababa de atracar en uno de los embarcaderos. De su interior salió una figura encapuchada, pero cuyo busto no dejaba lugar a dudas sobre su naturaleza femenina. La figura encapuchada se dirigió hacia un lugar concreto de los muelles: la freiduría “Sin aceite refrito yo no soy nada”. No era el mejor sitio para quedarse (ni desde luego para comer si uno quería vivir muchos años), pero era ideal para encontrarse con quien la había citado allí. Esa persona no era ni más ni menos que Letrinus, que salía del interior de la freiduría con un cucurucho de papel lleno de pescado.

- La identidad de tu víctima está aquí dentro, así como los datos que necesitas saber- dijo Letrinus a la encapuchada, mientras le pasaba el cucurucho-.
- ¿Y mis honorarios?- preguntó la encapuchada-.
- Qué desconfiada es la gente eh, ser asesor laboral ya no es lo que era- y acto seguido, Letrinus dejó caer al suelo una bolsa con monedas-. Quiero que sufra. Y por encima de todo, cumple tu cometido de forma que nadie pueda relacionarme con ello.
- Por eso mismo recurrió a mí, soy la mejor en mi trabajo.
- Haga honor a su fama- y tras estas palabras, Letrinus se marchó-.

La encapuchada se agachó para recoger la bolsa de monedas, y sin ningún entusiasmo, metió una de las manos en el cucurucho de papel. El olor que llegaba a sus fosas nasales delataba no un refrito, sino una infinidad entera de ellos. Alguien debería matar al cocinero de aquel antro por simple caridad para la población. Pero la encapuchada no estaba allí para ayudar a nadie, sino para cumplir un encargo. Así que cuando su mano encontró un pergamino dentro del cucurucho, lo sacó y se deshizo del pescado.

Cuando desenrolló el pergamino, lo primero que leyó fue el nombre de su víctima: Windor. Aunque era curioso, porque el nombre estaba tachado con un par de líneas. La encapuchada comprendió que esa era la víctima equivocada, y prestó toda su atención al siguiente nombre de la lista, que esta vez no estaba tachado: Berinio. 

Así que le habían encomendado asesinar al rey de Trascania. Un gran reto. No era de extrañar que hubiesen recurrido a Tribonia, la mejor asesina en varios reinos. Que Windor (es decir Berinio) se preparase para sufrir…


Continuará...