25 de noviembre de 2015

Un encuentro casual IV

Las primeras incursiones de Gabriel en el interior de Natalia fueron suaves, llenas de sensibilidad, cariño y dulzura. Los genitales de ambos estaban tan mojados que se escuchaba un sonido acuoso al juntarse una y otra vez. Todo estaba siendo tan mágico para ambos, que parecía haberse parado el tiempo en aquella cama en la que estaban ambos.

Gabriel siempre había sido un chico responsable en lo que al uso de los preservativos se refiere, pero aquella noche, ni aunque hubiera tenido a mano una caja entera, habría hecho uso de ella. Por eso no había reparado en ese detalle hasta que estaba dentro de Natalia. Estaba teniendo su primera experiencia al natural, y no había palabras lo bastante bellas y profundas para describir lo que sentía al penetrar a Natalia. Era como si se hubiera estado reservando para aquella mujer que tantas emociones le despertaba. Cada sonrisa, cada mirada y cada beso que compartían, no hacía sino aumentar el eco que tendría el recuerdo de su primera noche juntos con el paso del tiempo. Fue paradójico, pero a Gabriel le vino a la mente una frase que decía Russell Crowe en Gladiator: “lo que hacemos en la vida, tiene su eco en la eternidad”. Y eso le golpeaba en la mente a cada minuto que compartía con Natalia.

Hay una frase muy popular, que dice que cada maestrillo tiene su librillo, y eso lo puso en práctica Gabriel cuando usó algunos trucos para alargar su aguante en el acto sexual. Mantuvo el tipo como un campeón, y compartió media hora de cambios de postura en la cama. Penetró a Natalia de costado, estando encima de ella, estando él debajo, y sentándola sobre él en el borde de la cama. Fue en esta última postura cuando se produjo la primera explosión de placer de la noche. Tanto ella como él estaban sudorosos, mostrando sus cuerpos el brillo que denotaba la constante lujuria que sentían por el otro. Y al borde de la cama, ella daba pequeños botes sobre él. Los jadeos habían dado paso a los susurros entre ambos. Eso había sido demasiado, y, sintiendo que estaban a punto de llegar al éxtasis, habían empezado a aumentar el ritmo de penetración. Sin dejar de mirarse, y gritando al unísono lograron un orgasmo a la vez. A Gabriel le vino a la mente la imagen de los pozos petrolíferos que salían en las películas antiguas, donde el líquido ascendía hasta el mismo cielo. Había sido fantástico terminar dentro de Natalia, y que ella hiciera lo mismo con él. Se quedaron en la misma postura unos minutos, en los que no dejaron de besarse. Luego se tumbaron en la cama, y se quedaron abrazados, charlando un poco mientras se recuperaban para volver al ataque.

Las horas de la noche fueron pasando y no hubo rincón de la habitación donde Gabriel y Natalia no dejaran huella de su fogosidad. Lo hicieron en el suelo, pegados a la pared, con Natalia suspendida en el aire y sujeta por los brazos de Gabriel, o con ella subida sobre una cómoda. A ninguno de los dos se les escapaba la sensación de que aquello era algo más que sexo, y que iban a compartir muchas más noches como esa. Quizás no serían noches tan fogosas o llenas de orgasmos para ambos, pero sí iban a ser muy especiales de vivir juntos. Sin embargo, aún les quedaban algunas horas antes del amanecer, y no iban a desperdiciarlas durmiendo.  Y no durmieron hasta las primeras luces del día siguiente.

A media mañana, ambos se despertaron al sonar el teléfono de Natalia. Ella tardó unos segundos en volver al mundo de los vivos, cogió la llamada, y salió de la habitación. Unos minutos después, ella regresó, le dio un beso de buenos días a Gabriel, y le dijo quien le había llamado:

- Perdona, era mi secretaria, me recordaba que en una hora tengo una cita con uno de nuestros escritores, y al ver que yo no estaba temprano en la oficina como siempre, estaba preocupada.
- Lo siento- se disculpó Gabriel mientras se restregaba los puños en los ojos para terminar de aclararse la vista-, parte de esa preocupación la he generado yo.
- Tonto, he disfrutado cada segundo contigo- y Natalia le dio un largo y suave beso-. Es cierto que no acostumbro a levantarme tan tarde- y empezó a acariciar con sus dedos el pecho de Gabriel-, pero también es cierto que no suelo tener noches como la que me diste. Estuviste fantástico.
- Oh no, tú estuviste fantástica cariño, yo sólo intenté estar a tu altura- y en esta ocasión, fue Gabriel el que besó a Natalia-. Dame 5 minutos que me lave la cara y me vista, y me marcho para que puedas irte con tiempo a la oficina, no quiero distraerte más de la cuenta.
- Pues va a ser que no encanto. Te daré esos 5 minutos, pero yo haré lo mismo que tú y nos iremos juntos a desayunar, quiero que me sigas distrayendo. ¿No piensa hacerme un seguimiento el doctor?
- Jaja, eso ha sido genial, claro que quiero hacerte un seguimiento, para que puedas reeditar cada beso que pienso darte.
- ¡Trato hecho!

Volvieron a darte otro beso, y Gabriel se levantó de la cama para ir al baño. Sentía algo de frío, y no tardó en reparar que estaba desnudo del todo. Acostumbrado a dormir siempre con ropa, aquello le hizo reír. Se lavó la cara, se pellizcó con fuerza las mejillas para atestiguar que desde el inicio de la cena todo había sido real, y se sonrió satisfecho frente al espejo. Estaba ilusionado, parecía precipitado conociendo desde hace unos días a Natalia, pero se sentía eufórico. Salió del baño, empezó a coger su ropa, que estaba desperdigada por la habitación, y se recreó viendo cómo se vestía Natalia. Le parecía erótica la imagen, y ella se sonrojó un poco. Una vez vestidos los dos, se marcharon del piso para ir a desayunar. Hacía un día radiante, sin rastro de las nubes que tanta lluvia habían dejado los días anteriores.

Es cierto que un desayuno típico en algunos sitios puede ser churros con chocolate o café, pero Gabriel y Natalia tuvieron un desayuno de churros con besos, ya que no paraban de mostrarse cariño. Alguna que otra persona les miraba con incredulidad, como si fuera una situación anómala, pero a ellos no les importaba, no le hacían daño a nadie, y se sentían contentos. El único momento triste de la mañana fue cuando, tras pagar Gabriel el desayuno, se tuvieron que despedir. Se habían citado para volver a verse por la tarde, pero eso no quitaba el hecho de que estarían algunas horas separados. A veces ver mucho rato a alguien puede terminar saturando, pero hay otras veces en las que no importa el tiempo compartido, sino la valía de los sentimientos que se disfrutan mientras se está con esa persona. Y aunque el lado irracional de ambos les animaba a perderse por las calles de la ciudad, cada uno tenía que atender algunas obligaciones. Así que se dieron un abrazo, y se desearon un buen día hasta volver a encontrarse.

Natalia entró en la oficina con una sonrisa de oreja a oreja, y a pesar de los intentos de su secretaria por averiguar más al respecto, se guardó para sí las vivencias de la noche vivida.
Gabriel no encontró a ninguno sus compañeros cuando regresó al piso. Pero de haberse encontrado con ellos, le habrían preguntado por la sonrisa permanente que estaba dibujada en su rostro.
El resto del día pasó rápido para Gabriel y Natalia, que no deseaban sino volver a encontrarse. Llegada la hora de su nueva cita, estuvieron paseando por los bosques de la Alhambra, y luego se fueron a una de las teterías de la zona árabe de la ciudad. Al caer la noche, y poco antes de marcharse de la tetería, ella le dijo algo a Gabriel:

- Por cierto encanto, acabo de caer en la cuenta de algo…
- ¿De qué?
- No te he devuelto el paraguas, y esta damisela, como me dijiste el otro día, no puede quedarse con algo que tan gentilmente me prestaste, aún a riesgo de resfriarte. ¿Por qué no vienes a casa a recogerlo?
- No te preocupes cariño- Gabriel no había captado la indirecta aún-, no tiene importancia. Puedes devolvérmelo cualquier otro día- y dándose cuenta del ofrecimiento a una nueva cena, puso remedio a su metedura de pata-. Aunque bien pensado…sí que es importante, no es plan de que vuelva a llover y no lo tenga a mano.
- Eres un encanto jaja, pensé que tendría que mostrarte un cartel para invitarte a cenar nuevamente.
- Culpable, soy un encanto encantado por ti. Si me lo permites- y Gabriel levantó varias veces sus pestañas de un modo cómico-, esta noche seré yo quien use tu cocina para hacer algo de mi escaso repertorio. Considéralo una prescripción médica.
- Siempre hay que hacer lo que ordene el doctor.
- Ése es el espíritu.

Y tras marcharse de la tetería, se fueron a casa de Natalia. Era buena hora para empezar a cocinar, y Gabriel quería sorprender a su encantadora anfitriona. Así que, nada más meterse en la cocina, le preguntó a Natalia sobre el lugar donde estaban algunos alimentos y utensilios, y le pidió a ella que no apareciera por allí hasta que todo estuviera listo. Se dieron un beso, y cuando ella se marchó, él se puso manos a la obra, sacando el cocinero aficionado que había en su interior. No era ningún experto de los fogones, pero en ilusión no le habría ganado nadie aquella noche.

Continuará...
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21 de noviembre de 2015

Proyecto fobia: Capítulo 2

Para poneros en situación antes de comenzar la lectura del texto, os recuerdo que la narración de esta historia, se hace entre el pasado y el presente del doctor August Remprelt. Los capítulos impares son del pasado, y los pares son del presente.

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Capítulo 2: El nuevo empleado


Noviembre de 1988

August Remprelt se encontraba en su despacho principal, sentado en una silla giratoria situada tras un imponente escritorio de madera de caoba. De forma repetida, acariciaba un péndulo que colgaba de su cuello. El gesto le traía recuerdos de su niñez, una época en la que su visión del mundo se había tornado tan negra como un pozo de alquitrán. Y todo había empezado a ocurrir por culpa de ese objeto que ahora acariciaba con sus dedos, y que Remprelt había convertido en su talismán para las sesiones de hipnosis.

El despacho principal de Remprelt era todo un templo dedicado al estudio de la mente humana. Había varios estantes de madera repletos de libros sobre el ser humano y sus funciones cerebrales, estudios sobre la psique, la interpretación de los sueños, el subconsciente y la hipnosis, biografías de los mejores profesionales en el campo de la psiquiatría, e innumerables libros de medicina y anatomía. Pero la cosa no se quedaba ahí, pues sobre el escritorio había un par de reproducciones a tamaño real del cerebro humano, y en un enorme armario acristalado situado en un extremo del despacho, había una inmensa colección de cintas de casete y vhs sobre reportajes, documentales e investigaciones del cerebro humano y sus diferentes funciones. Remprelt tenía un televisor con reproductor de vhs en el despacho, y disfrutaba en ocasiones viendo algo de su colección. Del mismo modo, en uno de los cajones de su escritorio guardaba un walkman para escuchar los casetes en cualquier parte. Sin embargo, no era momento para el ocio, pues Remprelt estaba esperando una visita, y tras escuchar unos golpes en su puerta, dio orden de que pasara la persona a la que esperaba.

Con una mirada de ojos azules llena de ambición, y una sonrisa que irradiaba autoconfianza, el visitante se presentó como Stanley Farrell. A Remprelt le gustó el firme apretón de manos que le dio. Una vez sentados, el doctor empezó a interrogar a su visitante:

- Así que le interesa el puesto de vigilante nocturno, ¿verdad señor Farrell?
- Por favor, llámeme Stan. Y ya puestos puede tutearme. ¿Quién no querría trabajar en un centro tan prestigioso como el Clarkson?
- Ya, eso dice todo el mundo Stan- sonrió con malicia Remprelt-, pero claro, tu labor no va a ser la de doctor, enfermero o celador, así que… ¿por qué tanto interés en ser vigilante nocturno en este centro? Según la ficha que dejaste en recursos humanos días atrás, ni siquiera tienes experiencia previa para el puesto.
- Verá doctor Remprelt, sé que toda la experiencia laboral que tengo no sirve ni de lejos para trabajar aquí, pero… ¿puedo serle franco?
- Adelante Stan, soy todo oídos.
- Pues la razón es simple. Verá, sé por los periódicos que en este centro internan cada vez a más personas condenadas por la justicia, y tengo el deseo de vigilar que esa basura no se escape de aquí. Suena un tanto extraño, pero esas personas le han fallado a la sociedad, y disfrutaré viendo cómo pasan una larga temporada en este edificio.
- Ya veo, así que esa es su verdadera motivación para el puesto- y el doctor, que se quitó las gafas para limpiarlas con el faldón de la camisa, sintió un creciente interés por aquel tipo-. Es peligroso hacer ese tipo de comentarios en una entrevista de trabajo.
- Lo siento doctor Remprelt, sólo he sido sincero con usted. Como decía una antigua novia que tuve- y Stan esbozó una enorme sonrisa-, hasta el demonio merece que le cuenten la verdad.

Tras escuchar aquella frase, a Remprelt se le secó la boca. Había escuchado eso mismo en boca de alguien años atrás. Pero ese alguien no le venía a la cabeza, y Remprelt era del tipo de personas que creen que hay cosas que tarde o temprano, afloran en la mente de quien sabe esperar pacientemente su llegada. Así que, tras buscar en uno de los cajones del escritorio, encontró una botella de agua, le dio un trago, y continuó la conversación:

- Agradezco tu sinceridad Stan. ¿Cómo sé que tu deseo de vigilar a los pacientes no lleva oculto otro deseo aún mayor de hacerles la vida imposible? Porque el vigilante nocturno únicamente debe procurar que nadie salga de su habitación una vez se apaguen las luces, y que todo esté en orden. La violencia física es lo último que quiero como director de este centro.
- No se preocupe por ello doctor Remprelt, no voy a negarle que la tentación de putear a esta gente es demasiado grande, pero no es lo que deseo. Solamente quiero evitar cualquier posible fuga de quien realmente fingiera estar loco para no ir a la cárcel.
- ¿Controlarás cualquier impulso negativo hacia los pacientes?
- Desde luego, puede confiar en mí. Si le parece bien- y Stan pasó a la última fase de su plan de ataque-, puedo estar una semana a prueba, sin que usted me contrate. Si se siente satisfecho una vez pase ese tiempo, podrá ofrecerme un contrato que estime adecuado, no pondré pegas al tiempo o salario.
- Es una propuesta interesante Stan- a Remprelt le empezaba a inspirar confianza el tipo-, me parece muy bien tu ofrecimiento. Como en la ficha tengo tu teléfono de contacto, mañana te llamaré para darte una respuesta.
- De acuerdo, estaré expectante.

Tras despedirse con un apretón de manos, Stan cerró la puerta del despacho, y Remprelt volvió a sentarse en la silla giratoria. Aquel tipo le despertaba sensaciones opuestas. Por un lado, había captado su interés al revelar que su deseo de trabajar en el Clarkson, era para controlar que la “basura” que los jueces enviaban allí, no escapara. También mencionó algo que a Remprelt le pareció importante: esas personas le han fallado a la sociedad. Ésa era una de las razones que motivaban la práctica del proyecto fobia en los pacientes ingresados por vía judicial. Quizás, sólo quizás, Stan podía ser con el tiempo un miembro más al servicio del proyecto. Sin embargo, el instinto de Remprelt le decía que, si bien Stan podía ser en el futuro un leal sirviente a su causa, también podía ser peligroso. La mención de aquella frase sobre la verdad y el demonio había activado una alarma interior, aunque su sonido apenas fuera audible. Al día siguiente llamaría a Stan, y le daría una respuesta. Aún quedaba una larga jornada por delante, y otras cosas que hacer.

Al mismo tiempo, Stan recorría los pasillos para regresar al vestíbulo principal. Una vez que salió del Clarkson, se dirigió al aparcamiento y subió a su Plymouth Fury del 58 color crema. Ya en el interior, arrancó el motor y puso una emisora de música rock. Había seguido el plan ideado el día anterior, y le había contado a Remprelt alguna de las cosas que sabía que podían interesarle. Realmente no le importaba ninguna de las personas que había allí internadas, por lo que no pensaba hacerles nada. Pero tenía que conseguir aquel trabajo, era la única forma de poder investigar lo que se cocía en el interior de aquel psiquiátrico. Había empleado los dos últimos años de su vida en recabar toda la información posible sobre Remprelt y el Clarkson, pero eso no le había dado la respuesta que buscaba a sus dudas, ya que había obtenido esa información desde fuera. Necesitaba trabajar en aquel lugar para investigar más, y para acceder al círculo de confianza del doctor. Sabía que no sería una tarea fácil, pero Stan era una persona paciente. No le quedaba más remedio que esperar la llamada prometida al día siguiente. Así que puso en marcha el Plymouth, y cogió la carretera de servicio para regresar a su casa.

Mientras tanto, en el Clarkson, el resto de la jornada fue agotadora para Remprelt. Había tenido que atender a más pacientes de la cuenta, debido a la baja de uno de los médicos de planta. Ya entrada la noche, y tras comer algo en la cafetería del psiquiátrico, Remprelt se dirigió a una de las habitaciones de descanso para el personal. Una vez allí, se metió en una de las camas. Antes de quedarse dormido, y tras sopesarlo varias veces, tomó una decisión respecto a Stan.

Al día siguiente, el teléfono sonó en casa de Stan, y cuando éste lo descolgó, escuchó lo que tanto anhelaba oír:

- Stan, soy el doctor Remprelt. Te concedo una semana de prueba, y si lo haces bien, serás el nuevo empleado para el turno de noche. Ven mañana por la mañana y te enseñaré las instalaciones.
- Será un placer. Hasta mañana.

Tras colgar el teléfono, le invadió una sensación de triunfo. Había sorteado el primer obstáculo hacia la verdad, y ahora debía seguir con su actuación. Aprovecharía la semana de prueba para hacer bien las cosas y ganarse la confianza de todo el mundo, y una vez lograra el puesto, empezaría a investigar cada pasillo y habitación del psiquiátrico. 


Continuará...

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13 de noviembre de 2015

El día de la hermandad

Era verano. El coliseo emitía un rugido ensordecedor, y la expectación por ver a los gladiadores eran tan elevada, que habría hecho cosquillas a los dioses allá en el Olimpo.

Las gradas estaban pobladas de personas de todo tipo y raza. Se podían divisar soldados napoleónicos, caballeros medievales, mecánicos, bomberos, piratas, policías, ladrones, obreros, granjeros, basureros, payasos de circo, esquimales, y un sinfín de personas diferentes. Se había decretado que fuera el día de la hermandad, y eso explicaba la unión y algarabía presente en cada recodo del coliseo.

El organizador de los festejos era un gigante del que sólo se veían las rodillas. Nadie sabía nada sobre él, pero cuando habló para dar comienzo a los juegos, su voz estaba cargada de dulzura y entusiasmo. El gigante, obrando un truco de magia, hizo aparecer un pistolero en la arena del coliseo. Tras las puertas donde esperaban los luchadores, todo era camaradería. Éstos se deseaban suerte, y se recordaban que lo importante era dar espectáculo y hacer que cada persona volviera a casa sonriente.

El pistolero cogió sus revólveres, y disparando al aire con alegría, dio comienzo al espectáculo. Los primeros en salir fueron unos tipos con chupas de cuero y montados en moto. Tras ellos aparecieron varios vaqueros, moviendo unos lazos de cuerda en el aire. El público se divirtió viendo cómo los vaqueros intentaban cazar con sus lazos a los motoristas. A veces uno de los motoristas se caía de la moto, y otras veces uno de los vaqueros era arrastrado, dibujando curiosos surcos en la arena con su cuerpo.

Tras vaqueros y motoristas, que se marcharon vitoreados, aparecieron indios con arcos y flechas, y unos dragones volando por el cielo. Los indios disparaban sus flechas al aire, con la tranquilidad de saber que jamás harían daño, ya que todo estaba ensayado. Y los dragones podían escupir fuego sin preocupaciones, pues había marcas en la arena donde debían apuntar sus disparos. Los brazos del gigante se movían en el aire, como si quisiera participar. Pero su propósito era otro. Nuevos vítores y aplausos resonaron en el coliseo para despedir a indios y dragones, que dieron paso a la siguiente fase: una carrera.

Aparecieron en la arena una diligencia del oeste tirada por caballos, un trineo esquimal tirado por perros, y un carromato llevado por burros. Cada transporte tenía una persona para llevarlo. El pistolero volvió a aparecer en escena para dar la salida, y el público se puso de pie para jalear a cada competidor. Una vez que sonaron los disparos, los conductores de la diligencia y el trineo empezaron a apostar dinero por ver quien llegaría antes. Tardaron tanto en llegar a una cifra, que el conductor del carromato sacó un palo con una zanahoria, y los burros corrieron tras ella como locos, ganando la carrera.

Mientras salían los últimos competidores, una potente voz, distinta a la del gigante, irrumpió en el coliseo diciendo:

- ¡Jorge, es hora de comer!
- Pero mamá- le respondió el gigante-, que van a salir los samuráis a luchar.
- Ya lucharán después del postre, tienes toda la tarde por delante.
- Está bien mamá.

Y Jorge, el gigante, que era un niño de 9 años, se puso de pie, apagó la radio de la que procedía el sonido del público, y echó un vistazo a sus playmobil antes de salir del cuarto. El poder de la imaginación en la infancia era ilimitado, y eso había permitido aquel día de la hermandad, donde Jorge había mezclado todos sus juguetes, los cuales, ya como padre, legaría a sus hijos.

10 de noviembre de 2015

Un encuentro casual III

Tras colgar el teléfono, Gabriel se sentía invencible. Natalia le había invitado a cenar, y la idea le parecía maravillosa. Lo cierto es que ninguna de las chicas con las que había estado hasta la fecha, le había invitado a cenar a su casa, por lo que también era un frente nuevo el que se le presentaba. Una vez que regresó al piso, comió con uno de sus compañeros, y después se encerró en su habitación. Necesitaba pensar un poco algunas cosas. Uno no podía presentarse a cenar en casa de alguien sin llevar algo para acompañar, y, deseando aclarar sus ideas, encendió su ordenador portátil para buscar algo de información en Internet. Anotó algunas cosas en una hoja, y tras cambiarse de ropa, salió a la calle.

Algunas horas después, y de nuevo en su habitación, dejó una bolsa en la cama. A continuación, abrió su armario, y escogió su mejor camisa, una chaqueta americana, y unos pantalones a juego. Puso la ropa sobre la cama, y añadió un cinturón a todo aquello. También escogió unos zapatos, y se puso a limpiarlos un poco hasta dejarlos relucientes. Aunque nuevamente seguía lloviendo en el exterior, y puede que los zapatos no tardaran en mojarse o mancharse, quería ir lo más elegante posible. Una vez que acabó, se afeitó y se duchó. Se estaba secando con una toalla cuando sonó el teléfono. Le había llegado un mensaje de Natalia, y había una foto adjunta. Era la cena que estaba preparando ella. Tenía un aspecto demasiado apetitoso como para que la foto le hiciera justicia. Gabriel no pudo evitar sonreírle al teléfono, y mandó un mensaje de respuesta, anunciando que pronto degustaría ese rico menú. Dejó el teléfono sobre la cama y terminó de secarse. Un rato después, y ya vestido, se marchó del piso, no sin antes escuchar el silbido de sus compañeros, que le dedicaron además una infinidad de piropos cómplices.

Los dedos de Gabriel temblaban cuando pulsó el timbre del piso de Natalia. La voz de ella le relajó un poco al escucharla, aunque fuera a través de un altavoz. Una vez que atravesó el portal del edificio, y mientras esperaba al ascensor para subir a la décima y última planta, examinó el contenido de la bolsa que llevaba. Esperaba no haberse equivocado, a fin de cuentas había seguido su instinto, y, lejos de haber comprado una cosa, se había decantado por varias para acompañar la cena. El ascensor llegó, y se adentró en él. Pulsó el botón y se preparó para subir al décimo cielo.

Cuando Natalia abrió la puerta, Gabriel supo en todo su esplendor lo que significaba quedarse sin aire. Estaba sencillamente espectacular. Llevaba un vestido verde turquesa de una pieza, unas medias negras, y unos tacones de vértigo. El mejor complemento posible a eso ya estaba a la vista, y no era otra cosa que la preciosa sonrisa que ella esbozaba en aquel momento. Bastante nervioso, y hasta que lograra articular palabra, a Gabriel no se le ocurrió otra cosa que imitar el sonido de sus compañeros de piso, y silbar ante la belleza de Natalia. Y funcionó, ella empezó a reírse y le dio un beso en los labios. Tras besarle, aprovechó para susurrarle al oído que él también estaba espectacular. Eso envalentonó a Gabriel, que, rodeando con un brazo la cintura de ella, le respondió con otro beso. La noche empezaba a lo grande damas y caballeros. Natalia le hizo un gesto para que pasara al piso, y él hizo lo propio. Una vez en el recibidor, y tras respirar un delicioso aroma que debía proceder de la cocina, Gabriel empezó a hablar:

- Verás Natalia, no sabía qué traer para acompañar la cena. Soy algo novato en estas cosas, y…bueno, he optado por varias opciones. En primer lugar- y como si se tratase de un mago sacando un conejo de la chistera, metió la mano en la bolsa-, he comprado una botella de vino. Soy un total desconocido sobre el tema, pero el chico de la tienda me dijo que éste era muy bueno, y confié en su criterio.
- No te preocupes- le interrumpió ella-, no hay mejor acompañamiento para la cena que tú Gabriel.
- Vaya, gracias- las piernas de Gabriel habían empezado a temblarle, y se apoyó en una pared cercana-, muchas gracias por compartir esa información. Por otra parte- y tras meter el vino en la bolsa, sacó una caja de bombones-, sé que es un tópico, pero traté de buscar unos bombones tan dulces como tus labios, y como no los había, ni creo que los haya, traje esta caja por si te gustan.
- Todo un detalle- el rostro de ella se había enrojecido, y Gabriel supo que también se había puesto nerviosa-. ¿Hay algo más en la bolsa?
- Sí, tras pensarlo bastante…compré un disco de jazz. Es el tipo de música que suelen poner en la cafetería donde nos conocimos, y bueno, pensé que sería buena elección para escuchar mientras cenamos. ¿Qué opinas?
- Me parece una propuesta genial Gabriel. Ahora acompáñame, voy a enseñarte un poco el piso y nos sentaremos a cenar.

Acto seguido, Natalia le fue mostrando el piso en su totalidad. Era bastante grande. Había dos dormitorios, un despacho, una biblioteca, dos cuartos de baño, un amplio salón, la cocina, y una terraza con una bonita vista nocturna de la Alhambra. Todo estaba decorado con un gusto exquisito, o al menos eso le pareció a Gabriel, que no tardó en sentirse tan cómodo como en la cafetería-librería. Además, en medio del salón había una mesa ya preparada, y Natalia encendió unas velas que había sobre la misma. Segundos después, ella fue a la cocina a por la cena, y Gabriel aprovechó para colocar la botella de vino y los bombones sobre la mesa. Sacó el disco de la bolsa, le quitó el plástico, y tras encontrar el equipo de música, lo puso en marcha. Un reconfortante sonido de jazz se complementó a la perfección con el aroma del primer plato que traía Natalia. A partir de ahí, todo fluyó con rapidez y complicidad.

El menú había consistido en un primer plato de pasta con almejas, y en unos solomillos de ternera con salsa en segundo lugar. Ella no desveló qué salsa era, pero estaba deliciosa. Para alivio de Gabriel, el vino les gustó a ambos, y el contenido de la botella fue menguando con cada plato. El postre consistió en un magnífico tiramisú casero, y Gabriel no pudo evitar elogiar a la cocinera por hacer las cosas con tanto esmero. La charla durante la cena había sido igual de mágica que el día anterior, y todo estaba saliendo a pedir de boca. Tras recoger la mesa, y coincidiendo con el final del disco de música, Natalia besó intensamente a Gabriel, le cogió de la mano, y le llevó a su habitación. Una vez allí, dejó la luz encendida, y pasó lo que ambos deseaban casi desde que se conocieron.

Todo transcurrió con dulzura y paciencia. Se sentaron en la cama, y empezaron a besarse lentamente, sin dejar de abrazarse. Se multiplicaban las miradas y sonrisas cargadas de deseo y lujuria. Poco a poco Gabriel y Natalia se fueron desnudando, hasta quedarse en ropa interior. La temperatura corporal de ambos era abrasadora, y habría fundido un cubito de hielo sin problemas.

Gabriel le pidió a Natalia que se tumbara en la cama, y una vez que lo hizo, le quitó la poca ropa que le quedaba. Poco después, y tras maravillarse con lo que veía, empezó a recorrer su cuerpo con la lengua y los dedos. Ella tenía la piel más suave que había tocado hasta esa noche, y él supo que esa sensación perduraría en su mente hasta el fin de sus días. Disfrutó de cada segundo de recorrido por su cuerpo, mientras ella se retorcía y gemía de placer, lo que le alentaba a seguir así. Gabriel se extasió lamiendo, besando y mordisqueando cada centímetro del cuerpo de Natalia, y a veces ella le interrumpía el recorrido para acercar sus cabezas y besarse. No había ni uno sólo de los cinco sentidos que no estuviera disfrutando de aquella noche.

Al cabo de un rato, fue Natalia la que le ordenó cambiarse los papeles, y Gabriel pasó a ser el sujeto del examen médico. Natalia se relamió cuando comprobó lo mojado que estaba el bóxer de él, ya que era síntoma evidente de la inmensa excitación que le había provocado. Tras quitarle la empapada prenda, transportó a Gabriel al séptimo cielo con cada lametón, beso o caricia que fue dispensándole a su cuerpo. Aunque hubiera sido lo fácil para ambos, ninguno le hizo sexo oral al otro, era como si supiesen que esa noche iba a ser muy larga, y había tiempo para disfrutar de cada cosa sin prisas. Y la primera etapa, había consistido en un reconocimiento físico. Natalia se colocó a la altura de Gabriel, y continuaron besándose. Poco a poco, empezaron a masturbarse mutuamente, sin dejar de hacerlo con calma y dulzura. Tanto ella como él terminaron con sus dedos mojados a los pocos segundos.

En esta ocasión, fue ella la que tomó la delantera, y empezó a practicarle sexo oral a él. Si anteriormente el viaje había sido al séptimo cielo, en esta ocasión todo el placer se había multiplicado considerablemente. Para Gabriel lo sublime no era el acto de la felación en sí, sino cada cruce de miradas, cada sonrisa que ella le dirigía antes de continuar con la labor, y la dulzura que había en cada movimiento de su boca. Natalia no hacía aquello por cumplir, sino que disfrutaba de verdad, y eso mismo sintió ella cuando un buen rato después, era Gabriel el que jugueteaba con sus dedos y su lengua en su clítoris. Los gemidos y los suspiros de ambos habían estado omnipresentes en cada segundo de sexo oral que se practicaron.

Pero no podían igualar el volumen que alcanzarían cuando, llegado cierto momento de la noche, Gabriel empezó a penetrar a Natalia, fundiéndose ambos en un solo ser, y empezando a adentrarse físicamente el uno en el otro.

Continuará...
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5 de noviembre de 2015

El arte de decorar en Halloween

En los últimos meses, un acontecimiento había convulsionado el vecindario, debido en gran parte a lo inexplicable del suceso. Uno de los vecinos, un hombre felizmente casado y de carácter muy alegre, había desaparecido de la noche a la mañana. Lo último que se supo de él, es que había salido de casa para tirar la basura, y nadie más volvió a verle desde entonces…

La desaparición había tenido lugar en verano, y el paso del tiempo, unido a la falta de novedades en las pesquisas policiales, había ido sumiendo a las personas que le conocían en una extraña tristeza generalizada, algo normal si se tiene en cuenta que apenas había criminalidad en el barrio, y que todo el mundo, en mayor o menor medida, se conocía y se trataba con cordialidad. Y así pasaron los meses, entre el misterio y las dudas por lo sucedido.

Ese estado general de tristeza y desconcierto, iba a ser eclipsado durante unas horas por un evento muy especial para los niños y niñas del barrio: la noche de Halloween.

Como venía haciendo en los últimos 10 años, Jonás había decorado el interior y el exterior de su casa concienzudamente para la ocasión. Era fácil encontrar calabazas, ataúdes, murciélagos, lápidas, telarañas, y un buen número de objetos decorativos repartidos tanto en el salón como en el porche de entrada a la casa.  

Aunque en su infancia no existía esa tradición exportada del otro lado del charco, Jonás disfrutaba abriendo las puertas de su casa a todas las personas del barrio que quisieran ver su decoración de Halloween. Y por supuesto, también disfrutaba dando caramelos y chucherías a cada niño y niña que llamara a su timbre. Era un hombre muy afable y apreciado por sus vecinos. Claro que nadie conocía su profesión verdadera, porque quizás…no le apreciarían tanto.

Para aquel año, Jonás se había superado con el realismo de uno de los objetos que decoraban su salón. Lo había conseguido meses atrás, y tuvo que trabajar mucho para darle la forma definitiva. Según fueron llamando al timbre niños y niñas acompañados de sus padres, Jonás les dejaba entrar en casa mientras buscaba algo de dulce para darles. Cada persona que observaba el salón, se quedaba hipnóticamente atraída por el mismo objeto, el que Jonás había añadido ese año a su habitual decoración. Ese objeto era una calavera, y parecía muy real. Demasiado real. 

No había persona que no le preguntara a Jonás sobre el lugar donde había comprado la calavera. Éste respondía siempre igual: si lo dijera, perdería la exclusividad y el misterio. Además, ya que no había en todo su salón ningún objeto más del mismo tipo, destacaba sobremanera. Las horas de la noche fueron pasando, y cuando Jonás creyó que no iría nadie más a su casa, cogió una silla y se sentó a contemplar la calavera.

Le había quedado preciosa. Si sus vecinos supieran que él en realidad era taxidermista, y que esa calavera había pertenecido a una persona de verdad,  concretamente al vecino desaparecido meses atrás, jamás volverían a visitarle. Durante 10 años, Jonás había decorado su casa con los típicos productos que podían comprarse en tiendas, y había sentido la necesidad de dar una vuelta de tuerca a todo eso. Así que, tras secuestrar al vecino aquella noche, había acabado rápidamente con él, deshaciéndose del cuerpo, con excepción de la cabeza, que iba a ser su gran trofeo, la joya de la corona. Había cubierto bien sus huellas, y esperado con enorme ilusión la llegada de aquella noche, donde todo había sido un éxito.

Bendito Halloween, que permitía exhibir cosas así sin levantar sospechas. 


2 de noviembre de 2015

Breaking Vamp

¡Hola a tod@s! Me encuentro inmerso en otro proyecto de grupo con la comunidad de "Relatos Extraordinarios". En este proyecto, y al igual que ocurría con "La mansión Crow Mirror", también estamos escribiendo otra novela entre varias personas. El nombre de dicha novela es "Breaking Vamp", y pertenece al género de vampiros.

Clickando aquí podéis acceder a la novela desde el principio. La sinopsis de la misma es la siguiente:

"Los vampiros están presentes entre los humanos como ha pasado desde tiempos inmemoriales, pero en nuestra época, y debido a los avances en las técnicas de investigación criminológica, no puede actuar como antaño, cazando libremente, y dejando cadáveres humanos en los oscuros callejones. Necesita permanecer en el anonimato, por lo que los métodos de alimentación han cambiado. Ahora consumen sucedáneos de diseño creados en laboratorio, cuya base principal continua siendo la sangre humana. 

Donald Black es un vampiro de cuatrocientos años de edad, que ha contraído una infección mortal para su raza. Trabajando en su laboratorio, ha descubierto una droga sintética que representaría la cura a esa enfermedad, pero clanes vampíricos lucharán por controlar la producción.

Donald Black y su joven ayudante Jimmy Redman, intentarán producir en secreto esa droga, y distribuirla al margen de los clanes.

Miles de vampiros y algunos humanos que conocerán el caso, se convertirán en sus enemigos mortales".


Por otra parte, me he tomado la libertad de hacer un crossover con uno de mis relatos, y en el viaje al desierto que os encontraréis casi al final del texto, Donald verá una escena perteneciente a "Un disparo en el desierto".

Ahora os dejo con mi aportación a la novela, el Capítulo II. Espero que os guste a pesar de su extensión.



Capítulo II: Todo vampiro tiene un pasado

Tras la charla con Jimmy, Donald Black se puso manos a la obra para telefonear a todos sus contactos en la policía. Uno a uno les fue ordenando que nadie parara en las carreteras al vehículo cuya descripción facilitó, y que era el que conducía Jimmy. Después de realizar la última de las llamadas, Black accionó el botón que bajaba automáticamente todas las persianas de su loft. Un nuevo día estaba a punto de surgir, y el sol seguía siendo el gran enemigo de los vampiros, aunque no el único. La aparición del virus, había extinguido la exclusividad que ostentaba el sol como el mayor causante de muerte entre los vampiros.

Una vez sumido en la más completa oscuridad, Black, habituado a moverse como pez en el agua ante la ausencia total de luz, tomó asiento en el enorme sofá ubicado en el centro del loft. Cogió el mando del televisor y el del dvd, y encendió ambos aparatos. La luz del televisor contrarrestó un poco la oscuridad reinante. Black no tenía sueño, ya habría tiempo a lo largo del día para dormir. Le apetecía disfrutar de un rato de ocio. A fin de cuentas, pese a ser un vampiro con más de 400 años de edad, no se privaba de algunos adelantos tecnológicos, y era un amante del cine. Accionando nuevamente el mando de su dvd, puso en marcha la reproducción de una de sus películas favoritas: “Vampiros de John Carpenter”. Se la sabía de memoria, pero sentía aprecio por el protagonista, el cazavampiros Jack Crow, y por Valek, el antagonista y vampiro de la función. Ambos personajes perseguían intereses contrapuestos, pero ello no restaba valía a su empeño y dedicación por acabar el uno con el otro.

Aunque nunca lo reconocería abiertamente ante los suyos, Black no olvidaba la parte humana que un día tuvo, y por ello no sentía odio por las personas normales. Incluso había tenido fuertes vínculos de amistad con un detective privado que conoció décadas atrás. Sin embargo, consciente de lo que era su ser en la actualidad, era esa pertenencia a ambas razas lo que le hacía disfrutar con cada revisión de la película. Se emocionaba cuando Valek perseguía el sueño de todo vampiro: caminar bajo el sol sin quemarse. Black soñaba con lograr eso mismo algún día. Sin embargo, erradicar el virus que amenazaba con exterminar a su raza, constituía en la actualidad su principal preocupación. Con el deseo de no pensar en ello durante un rato, pulsó el botón “play” del dvd.
Lejos de lograr su objetivo, y pasados algunos minutos, Black recordó una etapa de su pasado, pocos años después de su conversión…


Subterráneos de la Alhambra, Granada, octubre de 1620

Era una noche lluviosa, y Black estaba dormitando aún en una de las mazmorras de la Alcazaba. Le había cogido el gusto a dormir durante el día en aquel lugar tan perdido, al que sólo se accedía a través de un agujero situado a varios metros de altura en el techo, y que estaba cerrado por una pesada reja circular de hierro. Para él, que hacía 8 años que se había convertido en un vampiro, entrar y salir de aquel lugar era fácil gracias a sus habilidades físicas. Una persona normal no habría podido salir sin una cuerda o escalera que cayera por el agujero, y aún con esas facilidades no habría podido abrir la reja.

El potente rugido de un trueno despertó totalmente a Black, que empezaba a tener sed. Se colocó bajo el agujero del techo, y entonces dio un enorme salto hacia arriba. Se enganchó a la reja, e impulsándose con los pies en un hueco del techo, la levantó sin gran esfuerzo. Una vez en el exterior, y volviendo a saltar enérgicamente de un lado a otro, dedicó unos minutos en llegar a los bosques de la Alhambra.

Aquel era un lugar donde conseguía sustento de vez en cuando. Y aunque la noche era tan tormentosa que nadie en su sano juicio habría estado paseando por allí, encontró una posible víctima. Era una figura encapuchada que intentaba sin éxito hacer una hoguera. Black pensó que esa persona no podía ser más estúpida si pretendía hacer fuego en una noche así, pero pensó que esa distracción facilitaría las cosas. Se acercó con silencio hacia su inminente víctima, y cuando estaba a punto de clavarle los colmillos, ésta se dio la vuelta y le propinó un puñetazo tan fuerte en el rostro, que le hizo volar varios metros hacia atrás. Intentando asimilar lo que había pasado, Black lo comprendió todo cuando la figura se acercó hacia él bajando su capucha. Era Íñigo Vázquez, el vampiro que le había convertido. Y su mentor. Le ofreció la mano para levantarse del suelo, y le habló con seriedad:

- Donald, eres un incauto. Te has acercado con la despreocupación de quien no evalúa lo suficiente una situación. Espero que ese puñetazo te sirva de escarmiento. Aún tienes mucho que aprender.
- Sí maestro- respondió Black con sumisión-.
- Esta noche te haré compañía y te quedarás sin beber, será una forma de estimular tu cautela en futuras cacerías.
- Pero estoy muy sediento maestro- la sumisión se tornaba en ansiedad para Black-, no sé si podré aguantar una noche entera sin alimentarme.
- Donald, todo está en tu cabeza, alimentarse es necesario, pero ya sabes que debes aprender a controlar tus instintos, por si quieres alimentarte algún día de sangre animal para variar un poco el menú.
- ¿Y cómo puedo controlar mis instintos maestro?
- Disfrutando de algunos pequeños placeres, como pasear en una noche lluviosa. Sígueme, te llevaré a un lugar donde disfrutarás de algo maravilloso.

Ambos vampiros, maestro y aprendiz, caminaron durante un rato bajo el aguacero, y una hora después, admiraban la Alhambra desde un mirador situado frente a ella. Los relámpagos que fueron apareciendo en la noche, iluminaron de forma fantasmagórica aquella magnífica construcción arquitectónica. Íñigo le palmeó la espalda a Black, y le insistió en la idea anterior, sobre la cual profundizó:

- Disfrutar los pequeños placeres Donald, nunca lo olvides. Los musulmanes construyeron esta maravilla, y los cristianos la reconquistaron. Yo formé parte del ejército que reconquistó Granada, y aunque los musulmanes eran nuestros enemigos, gracias a ellos podemos sentirnos privilegiados al observar la Alhambra y otros edificios. No olvides jamás que un día fuiste humano, y piensa que si siempre te alimentas de ellos y actúas como los demás vampiros que existen, algún día se acabará el suministro. ¿Me entiendes?
- Sí maestro, entiendo que hemos de respetar el equilibrio de vida, para poder seguir disfrutando de la vida eterna.
- Exacto, es la clave. Has de aprender a manejar con responsabilidad tu nuevo status, y espero que esta noche te haya servido de aprendizaje.
- Sin duda maestro, incluso he perdido el apetito con el paseo y la vista.


Ambos se rieron a carcajadas, y se quedaron nuevamente observando la Alhambra, sin importarles que siguiera lloviendo y estuvieran totalmente empapados.


Vuelta al loft de Black

Sin duda, Íñigo había sido un gran mentor para Black. Fue un duro golpe cuando décadas atrás, supo que habían acabado con él. Se habría sentido orgulloso de Black, que había elaborado los primeros sucedáneos de diseño, y de cuyas versiones mejoradas se alimentaban actualmente la mayor parte de vampiros del mundo.

El recuerdo que había florecido en la mente de Black, le había tenido absorto un buen rato, ya que la película se encontraba bien avanzada, y Valek llevaba una cuantiosa lista de muertes a su favor. La aparición de un paisaje desértico en plena noche, hizo que Black evocara un segundo recuerdo, algunos siglos después del primero, y que explicaba el origen de sus conocimientos científicos…


En un polvoriento desierto del oeste, abril de 1886

Black, que había viajado por gran parte del mundo, llevaba un par de años vagando de un poblado a otro del oeste, buscando a Thomas Payton, otro vampiro como él. Había oído el rumor de que era médico, y dedicaba su tiempo a buscar un sistema alternativo de alimentación. Y Black, tras haber aprendido bien las enseñanzas de su maestro, deseaba ansiosamente encontrar nuevas fuentes de alimentación. Por ello necesitaba encontrar a Payton.

En el último poblado que había visitado, le habían facilitado una posible pista sobre el paradero de Payton, y Black llevaba cabalgando durante varias horas de la noche. En las afueras del próximo lugar al que se dirigía, se topó con una escena curiosa. Había dos esqueletos en una porción de arena. Uno estaba enteramente visible, y del otro solamente asomaban la calavera y una mano. ¿Qué habría pasado? ¿Una venganza mutua? Black decidió seguir adelante, pronto iba a salir el sol, y necesitaba encontrar un escondrijo para ocultarse. Encontrar a Payton se le antojaba primordial, y algo en su interior le decía que pronto se iban a conocer.


De nuevo en el loft de Black

La película había terminado, y cuando Black se dio cuenta de ello, sonó el teléfono. En la pantalla apareció el nombre: Thomas Payton. Cuando Black descolgó, su interlocutor no dio lugar a saludarse:

- Tenemos que vernos con urgencia Black, te espero en el lugar donde me conociste. No importa lo que tardes en llegar, te esperaré. Estoy en peligro.
- Demonios, llegaré lo antes posible. Avisaré a Jimmy para que se reúna con nosotros.