3 de julio de 2017

Un peligro llamado Letrinus

Nota introductoria: Aunque este texto puede leerse de manera independiente, la anterior aparición de Windor, en la que cuento cómo da un paseo por el bosque cercano al castillo, así como el encargo de muerte que Letrinus le hace a una asesina que acaba de llegar a Trascania, tiene lugar en "Un encargo importante" (para leerlo, clickad en el título).

Este texto que podéis leer a continuación, retoma la historia de Windor mientras termina de recorrer el bosque y emprende el regreso al castillo, así ahonda en las motivaciones de Letrinus para querer asesinar al rey Berinio.

Un peligro llamado Letrinus

Una vez que Letrinus regresó a sus aposentos en el castillo, empezó a ir de un lado a otro mientras pensaba. Por fin había hecho el encargo. Estaba tranquilo por la persona a la que había encomendado el asesinato del rey Berinio, ya que la reputación de Tribonia era fabulosa fuera de Trascania. Eso sí, todo lo excelente que puede ser para una persona que mata a otras por dinero. Se trataba de una asesina letal, y la suerte para Letrinus es que podía permitirse sus honorarios.

Originariamente, todo el odio de Letrinus se había proyectado sobre Windor, que le había hecho bajarse los pantalones ante Berinio cuando rechazó firmar su contrato laboral estrella (ejem…basura). ¿Cómo podía una piltrafa como Windor ningunear así su contrato laboral, el fruto de sus más insensibles pensamientos de cara a los trabajadores del castillo? ¿Acaso las arcas públicas no respirarían aliviadas si todo el personal del castillo firmara aquel documento, donde los salarios rara vez los costeaba el empleador, sino el empleado mismo pagando cada servicio adicional del que disfrutaba? ¿Qué osadía era que, por ejemplo, todo el mundo comiera gratis sólo por ser miembro del castillo? Sanguijuelas, eso es lo que eran todos. Menos el propio Letrinus, claro está.

Pero Letrinus, que no solamente empezó a odiar a Windor desde el primer día que le conoció, sino que además le había espiado en más de una ocasión, se dio cuenta de que ordenar la muerte de aquel tipo no era la solución. No, la solución más placentera era a su vez la más rebuscada. Si Windor moría, por muy dolorosa y lenta que fuera su muerte, Letrinus nunca tendría el placer de derrotarle con sus propias manos sin quedar en evidencia. Sí, haberle encargado a Tribonia su muerte era la primera opción. Así lo dejó patente Letrinus cuando escribió entusiasmado el nombre de su víctima en la nota para la asesina. Pero, tras un torrente de maquiavélicos pensamientos, y totalmente enfurruñado por postergar el momento del triunfo, tachó el nombre. Y puso el del rey Berinio.

La explicación era simple. Para una mente infantil y resentida como la de Letrinus, matar a Windor era un placer momentáneo, como tomarse de golpe una jarra de cerveza trascaniana porque uno tiene sed y quiere algo frío, pero recibiendo como premio (al margen de jugarse un infarto por los ingredientes de la cerveza trascaniana, que debía degustarse poco a poco) un placer pasajero, que evitaba paladear cada gota de líquido. Por tanto, la solución era acabar con el rey. Berinio era un tipo bastante manejable para Letrinus, y llevaba una década teniéndole controlado, pero ahora que empezaba a jugar en el terreno de Windor, debía morir.

Como Berinio era soltero, no tenía descendencia propia, y su único pariente vivo era un hermano que estaba en otro reino, en caso de muerte, y mientras se contactaba con dicho hermano para que ocupara el trono, el asesor laboral era el tipo que controlaría provisionalmente el castillo (otro triunfo de los tejemanejes legales de Letrinus en confabulación con el abogado Injusticio). Y una vez en el poder, por breve que fuera su posición de privilegio, podría despedir a Windor. Eso no le mataría, pero era un triunfo aplastante para el hambriento ego de Letrinus, que necesitaba darse un banquete. Nada le haría más feliz que despedir a Windor y disfrutar con su reacción. Eso le demostraría que nadie le falta al respeto. Y como muestra del desmesurado amor propio que se tenía, y tras haber puesto en marcha los engranajes de su plan con la aparición de Tribonia, Letrinus se dio a sí mismo unos efusivos aplausos ante el triunfo que lograría dentro de poco.

En otra parte del reino, Windor seguía recorriendo el bosque más cercano al castillo. Había sido una idea fantástica dedicar unas horas a pasear por allí. Incluso había tenido ocasión de usar su varita para prestar ayuda, aunque las cosas, como eran habituales en él, no habían salido exactamente del modo deseado. El suceso tuvo lugar cuando, en medio de su paseo, Windor observó que había un gato subido en un árbol y no podía bajar. Sin analizar el cómo llegó hasta ahí, la necesidad de ayudarle fue instantánea.

Windor sacó su varita y, con la intención de hacer aparecer una escalera de la nada, para subir a coger al gato, agitó alegremente su artilugio mágico. Lo que consiguió fue que la rama del árbol en la que estaba el gato, desapareciera, con la inmediata caída del felino al suelo. Otro golpe de varita hizo que un pequeño trampolín (Windor quería que fuera una almohada gigante para suavizar el impacto) apareciera en el suelo, provocando que al caer sobre él, el gato saliera catapultado y aterrizara en la rama de otro árbol, a mayor altura que en el anterior. 

Haciendo válido el tópico de que “no hay dos sin tres”, Windor usó por tercera vez su varita, y esta vez consiguió que su ansiada escalera apareciese. Incluso se subió a ella y llegó a coger al gato, pudiendo bajar ambos ilesos. La insistencia era una poderosa aliada en la vida de Windor, y en esa ocasión había vuelto a salir victorioso. No era una buena costumbre hacer las cosas bien a base de demasiados intentos previos fallidos, pero de momento era el modus vivendi de Windor, y sólo su incansable entusiasmo podría pulir eso con el tiempo.

Aunque el gato rescatado se había alejado unos metros de Windor, cuando el mago empezó a caminar, le siguió. A Windor no le importaba tener algo de compañía, a fin de cuentas emprendía el regreso al castillo. Eso sí, durante todo el camino tenía un pensamiento en la mente que no lograba descifrar del todo, y aunque intuía que tenía que ver con el felino, sus constantes miradas al mismo no le ayudaron a resolver el misterio. Tarde o temprano tendría un momento de inspiración, y entonces sabría lo que se le escapaba.

Poco antes de salir del bosque, Windor se topó con un hombre que manejaba un carro tirado por bueyes. En condiciones normales aquello no habría despertado el menor interés, pero lo peculiar era un letrero ubicado en uno de los laterales del carro. En él decía “Carnes Solrak, Hijo de Carnicero”. Habría sido gracioso que el tal Solrak hubiese sido vendedor de pescado o de verduras, o hijo de un vendedor de esos géneros, dedicándose a una profesión opuesta.

Una vez que Windor retomó su marcha y el carro siguió su camino en dirección contraria, el pensamiento de antes volvió a pitar en su cabeza. Tenía la certeza de que estaba relacionado con el gato que todavía le seguía, y con algo del castillo. Incluso en un gesto involuntario, Windor se acarició el trasero, como queriendo encontrar un descosido en la ropa fruto de un pequeño incidente. Lo tenía cerca, tan cerca que empezaba a quemarse los dedos. Y algo en su interior le decía que tenía poco tiempo, pues ya empezaba a vislumbrar la silueta del castillo a medida que los árboles del bosque iban quedando atrás.

Precisamente en las inmediaciones del castillo se encontraba Tribonia, reconociendo el terreno para preparar el asesinato del rey Berinio. Observó que algunas personas entraban o salían del castillo sin demasiada dificultad, a pesar de que en la entrada del mismo había apostados dos guardias, y un perro con pinta de ser demasiado granuja. Por lo demás, en los alrededores había algunos vendedores ambulantes sin demasiada clientela, y una paloma que estaba posada sobre una roca, y con cuyo pico iba cogiendo una por una monedas de oro del interior de una pequeña bolsa. Tribonia se dijo que la vida en Trascania era de lo más curiosa. Y eso que aún no conocía a Windor. Qué pensaría cuando lo hiciera…

Letrinus, que había terminado de aplaudirse tras un buen rato, se asomó por la ventana de su habitación, cuya vista era de la explanada delantera del castillo, y vio a Tribonia en la lejanía. Parecía muy concentrada observando todo a su alrededor, y empezaba a caminar hacia la entrada. Seguramente estaría familiarizándose con la zona. Qué profesional parecía. Las cosas tenían un aspecto prometedor, y, conteniendo el impulso de volver a prodigarse halagos a sí mismo, Letrinus casi pierde toda su alegría cuando, por el rabillo de uno de sus ojos, vio aparecer a Windor. El maldito Windor.

Tribonia había tomado la decisión de adentrarse en el castillo. Si las demás personas podían entrar al mismo con facilidad, debía comprobar si su caso no suponía una excepción. Con suerte, si lograba acceder al interior y se topaba con el rey, quizá podría finiquitar su encargo con una celeridad inusitada. Sería un récord para ella. Y esa idea le resultaba demasiado tentadora para rechazarla. Además, tanto en los bolsillos de su ropa como en el interior de la misma, guardaba todo tipo de objetos capaces de causar una muerte que pareciese natural y no levantase ningún tipo de sospechas. Como dice una popular frase del gremio de asesinos…”asesina precavida vale por al menos un muerto”.

Windor se dio cuenta demasiado tarde del aviso que su mente le intentaba dar desde hacía un buen rato… ¡¡¡el perro!!! 

Fue así como el perro del castillo, nada más divisar al gato que acompañaba a Windor, se lanzó furibundo hacia él, emprendiendo una rápida carrera. Pero eso no fue todo, ya que Windor, que se sentía responsable del inminente ataque que iba a sufrir el gato, tuvo que sacar su varita y agitarla en el aire. De esa manera, y tras pronunciar unas palabras mágicas de rigor, hizo desaparecer al gato, para que éste reapareciera en la puerta del castillo junto a los guardias. El perro dio un brusco frenazo y se paró a escasos metros de Windor. Tras mirarse fijamente a los ojos, el perro se dio la vuelta, y entonces empezó a ladrar, anunciando así que iba a retomar su persecución.

Windor volvió a agitar su varita, con la intención de levantar una pequeña barrera que encerrara al perro, y lo que hizo aparecer fue el extremo de una correa en su mano libre, y un collar en el cuello del perro, en el cual estaba enganchado el otro extremo de la correa. El perro echó a correr y Windor, que intentaba asimilar lo que había hecho, no pudo reaccionar, siendo arrastrado por el canino. Lo peor no era tragar hierba mientras el perro le llevaba a rastras, sino la sensación de irrealidad que embotaba el cerebro de Windor, condimentada por el hecho de que no lograba soltarse de la correa por más que lo intentaba.

Por otra parte, los guardias de la entrada y los vendedores ambulantes, viendo lo que pasaba, no paraban de reírse. La paloma seguía contando sus monedas. El gato echó a correr hacia el interior del castillo. Tribonia vio rota su concentración, en particular cuando giró la cabeza a un lado y vio acercarse hacia ella al perro, que llevaba a un mago de paquete. Windor vio Tribonia, y sin lograr soltarse de la correa a tiempo, se la llevó por delante, provocando que al caer ésta al suelo, quedase inconsciente.

Los guardias, cuya risa había cesado, reaccionaron rápido yendo a socorrer a Tribonia, pero se olvidaron de Windor, que fue arrastrado hacia el interior del castillo. Ironías de la vida, a partir de aquel día, mucha gente empezó a pensar en Trascania que cuando uno sacaba a pasear a su mascota, existía la posibilidad de terminar siendo paseado por ella.

Letrinus, que había observado todo el espectáculo desde su ventana, se sintió furioso porque Windor había dejado momentáneamente fuera de combate a Tribonia. ¡El maldito Windor! ¡Cómo disfrutaría acabando con él!

Continuará...

8 de junio de 2017

Bienvenidos al vecindario

Qué gran placer suponía disfrutar nuevamente del silencio, de la calma, de la tranquilidad que aportaba el no escuchar absolutamente nada como sonido de fondo. Al menos durante un rato. Era comprensible que en un barrio residencial formado por casas con sus propios patios y piscinas, hubiera ruido en determinados momentos del día. Lo raro sería la total y permanente ausencia del mismo. Pero todas y cada una de las personas de los alrededores respetaban un horario común, que se había convertido en costumbre y muestra de respeto hacia la vecindad.

Sin embargo, últimamente las cosas se habían desmadrado. Había costado recuperar esa delicia para el alma que era el silencio. Vaya si había costado. Y eso que tan sólo se rompió la armonía durante un par de semanas, justo las que estuvieron en el barrio los nuevos vecinos, y que, gracias a un gran trabajo en equipo, no volverían a molestar a nadie.

Todo había comenzado cuando Germán Sánchez había puesto en alquiler su casa. Germán era un vecino encantador y respetuoso con los demás, pero tenía que cambiarse de ciudad por motivos laborales, y ante su rechazo a deshacerse definitivamente de su hogar, había optado por una solución más conservadora de su posesión inmobiliaria. Teniendo en cuenta la buena situación del barrio, ubicado en la periferia de Granada, así como el inmejorable estado en el que se encontraba su vivienda, Germán no tardó en contactar con una pareja que se mostró muy interesada en alquilar la casa.

Dicha pareja estaba formada por un joven matrimonio sin hijos ni mascotas, y parecía bastante amigable. Al menos eso era lo que contaba Germán al resto del vecindario, una vez que se fue despidiendo de las personas que habían formado parte de su vida durante bastantes años. En cualquier caso, y por si había algún tipo de problemas, Germán le facilitó a algunos de sus vecinos (los que él consideraba de mayor influencia entre los demás) la forma de contactarle en caso de urgencia.

Las cosas siguieron su curso normal a medida que fue pasando el tiempo, y Germán se marchó del barrio, entrando en escena la nueva familia. Aquí fue donde Emilio Castro, Ángel Valdivieso y Emma Cardona, en representación del resto del vecindario, tomaron la iniciativa de dar la bienvenida a los nuevos vecinos, que, como comentó Germán, parecían simpáticos. Dicha bienvenida suponía por una parte un acto natural de cortesía y hospitalidad, pero también escondía un motivo oculto: captar todas las sensaciones posibles que desprendiera esa familia, para distinguir si iban a ser buenos vecinos o por el contrario darían problemas a corto o largo plazo.

Emilio, de profesión policía local, Ángel, dueño de una constructora, y Emma, doctora en uno de los hospitales de la ciudad, eran las personas a las que Germán había facilitado su teléfono de contacto, porque, de manera palpable, eran los que tenían un mayor peso e influencia entre el resto de personas de la zona. Anecdóticamente, las familias de cada una de estas personas, no llegaban ni de lejos a ser tan altamente estimadas por los demás vecinos. A fin de cuentas, cuando había cualquier tipo de problema en el vecindario, de los que no necesitaban intervención policial o de otra índole, este particular trío era la primera opción a la que se recurría.

Los primeros días de la nueva familia no hacían suponer que fuera a pasar nada malo, quizás porque al estar adaptándose a un nuevo hogar, estas personas estuvieron ocupadas al instalarse y habituarse a un entorno desconocido. Pero claro, ese efecto terminó pasando pronto, y empezaron a producirse pequeños incidentes que, de forma conjunta, terminaron precipitando los acontecimientos que desembocaron en…bueno, una respuesta contundente del vecindario. Aunque aún no es momento de revelar eso último.

Hay que señalar que todas y cada una de las casas del vecindario, lindaban unas con otras, teniendo como pequeña separación las calles que las rodeaban. Una de las casas que más cerca estaba de la de los nuevos vecinos, era la de Emilio, el policía, que estaba empezando sus vacaciones. Quizás esto influyó decisivamente en la manera de sucederse cada uno de los hechos.

El caso es que al cuarto día, y coincidiendo con un viernes noche, sus nuevos vecinos estuvieron toda la tarde y parte de la noche con música puesta en su jardín, pero no a un volumen que pasara inadvertido a los demás, sino a otro que sobrepasaba bastante lo tolerable. Era como tener una feria al lado de casa. Además, se oía de fondo a mucha gente hablando, lo que podía indicar que se estuviera celebrando una pequeña fiesta para inaugurar el nuevo hogar. Emilio se dijo a sí mismo que una vez sobrepasada la medianoche, la música cesaría, pero no lo hizo. Por aquello de ser cortés, se abstuvo de presentarse en la casa vecina para pedir que se moderara el sonido. Su placa le habría permitido lograr un mayor efecto disuasorio, no le cabía duda, pero optó por hacer la vista gorda aquella noche. Era posible que fuera un hecho aislado.

A la mañana siguiente, Ángel, Emma y otros vecinos se presentaron en la casa de Emilio, para comentar lo ocurrido durante la noche, ya que la cercanía de las casas provocaba que al resto les hubiera afectado lo ocurrido tanto como a Emilio. La conclusión general era que se trataba de algo lógico para quien llega a un nuevo hogar, y quiere enseñárselo a su círculo de personas más cercanas. No fue agradable, porque a algunos de los vecinos, Ángel entre ellos, les costó conciliar el sueño, pero por una noche no pasaba nada. Si se repetía aquello, sí que habría que tomar alguna decisión. Terminada esa pequeña reunión, cada uno se fue a su casa, y las horas del día fueron pasando.

Sin embargo, mediada la tarde, se produjo todo tal como el día anterior, de la misma manera e implicando los mismos elementos. Música, grupo de personas, molestias nocturnas. Entonces Emilio se acercó a la casa de los nuevos vecinos, llamó al timbre, y una vez que le abrieron la puerta, les dijo, con toda la cordialidad que pudo, que no eran horas para molestar a los demás con tanto ruido. Un día era tolerable, pero dos no, porque marcaba el peligroso límite entre lo casual y la costumbre, y esto último sería intolerable. Pues bien, la respuesta que le dieron fue tajante: si le molestaba, que llamara a la policía. Emilio se contuvo las ganas de darle un puñetazo a su vecino, para disfrutar añadiendo que si eso le molestaba, también llamara al mismo sitio. Le costó mucho reprimir ese intenso impulso. Pero lo consiguió.

Entonces se marchó, y por el camino cogió su móvil y llamó a la policía. Podía haber ido a casa a coger su placa y ejercer de modo intimidatorio su autoridad, pero optó por seguir otro cauce de acción. Poco después, una patrulla policial llamó a casa de sus vecinos, y aquello zanjó todo. Al menos por aquella noche y en lo que a Emilio concernía.

Llegó la mañana siguiente y otra vez Emilio, Ángel, Emma y otros vecinos volvieron a reunirse. Esta vez, y a pesar de la drástica solución de la noche anterior, el ánimo estaba más crispado. No era para menos, y es que tras la personación de la policía en la casa de sus vecinos, estos habían estado ocupados una vez que cortaron la música y cesó el ruido generado por sus invitados. Ángel contó que cuando se despertó, encontró varias pintadas en la fachada de su casa. No fue lo único reseñable. A Emma le pincharon las ruedas del coche, y a otros vecinos también les habían ocurrido pequeños incidentes. Emilio no dejaba de sorprenderse a medida que escuchaba todo. Buzones rotos, más pintadas, cristales manchados por lo que parecían restos de huevos, y otras cosas similares.

Era asombroso que todo eso hubiese tenido lugar en una sola noche. Pero claro, los nuevos vecinos no estaban solos, y quizás el resto de personas que había en su casa habían ayudado a ese vandalismo como consecuencia de la intervención policial. Había varias opciones a tomar en consideración, y Emilio las expuso de forma muy breve. La más lógica era efectuar denuncias en la policía por cada suceso acontecido. La más visceral implicaba personarse todos ante sus conflictivos vecinos, y dejar bien claro que eso no iba a quedar así, y que habría represalias. Tanto una como otra tenían una gran desventaja a juicio de Ángel, y es que así mostraban sus cartas, no solamente haciendo visible su enojo, sino revelando sus movimientos.

No obstante, Emilio, manifestando ante los demás otro pensamiento impulsivo, dijo en tono de broma que también podían matarlos. Lo impactante fue el extraño silencio que se generó entre todos los presentes. No era el típico silencio de desaprobación, propio de quienes saben que alguien ha dicho una barbaridad y no merece respuesta. No. Era…un silencio más propio de quien muestra su posible conformidad a una propuesta. Suponía pasarse de la raya, sí, pero… ¿no sería la solución a sus problemas?

Emilio, ante la extraña aceptación a su broma, propuso a los demás que se fueran a sus casas y pensaran si de verdad llegarían a ese extremo. Les dijo que al día siguiente volverían a reunirse para hablarlo de nuevo. Y algo importante, les advirtió que, si sus vecinos volvían a actuar como las dos noches anteriores, esta vez les dejaran seguir así. Eso decantaría su decisión final, fuera la lógica, la visceral, o…la definitiva.

Y efectivamente, hubo una tercera noche ruidosa, pero nadie intervino ni llamó nuevamente a la policía. En el fondo, permitir esa conducta alimentaba su sangriento deseo, amparado en una inocente justificación: ¿no merecía cada uno tener descanso en su propia casa?

Al día siguiente, la tercera reunión vecinal tuvo lugar. Esta vez, Emilio, con su decisión ya tomada, y anticipando la del resto, había trazado un posible plan de acción. La guinda del pastel le había venido al recordar algunas películas antiguas de terror que vio en su infancia. Tras consultar a cada vecino sobre su decisión, y no encontrándose con ninguna negativa, procedió a repartir las tareas. Empezó por Ángel y Emma, que iban a tener la oportunidad de poner en práctica sus habilidades profesionales, y luego continuó con los demás. La importancia del plan consistía en dejar transcurrir unos días, averiguando más sobre los vecinos, soportando su conducta aunque costase un enorme esfuerzo, y asegurándose de encontrar los momentos en los que estaban ellos solos en casa.

Así acontecieron los siguientes días. Era desconocida la ocupación del matrimonio, ya que pasaba mucho tiempo en casa, pero una cosa era innegable, eran unos cabrones de costumbres fijas, porque ni siquiera fuera del fin de semana respetaban el descanso de los demás. La excepción, que vino perfecta para lo que acontecería en su momento, lo suponía el hecho de que no había otras personas en la casa. Al menos no en el patio, donde se las podía escuchar. Eso habilitaba para pensar que las visitas sólo llegaban durante el fin de semana. Una revelación excepcional de ser cierta.

La última reunión vecinal, celebrada antes del fin de semana, tuvo lugar en la casa de Emma, que era la que estaba más lejos de la zona de conflicto. Se perfilaron los detalles finales del plan que Emilio había concebido días atrás, y cuyos interrogantes habían quedado resueltos tras el seguimiento al matrimonio y sus hábitos. Ya sólo quedaba una cosa: la ejecución. Y cada uno sabía qué debía hacer, y qué utensilios llevar.

Había ido todo de maravilla. Emilio, acompañado de Emma y la mitad de los vecinos, fue el primero en entrar en acción. Empezó arrojando piedras a las ventanas delanteras de la casa del matrimonio. Eso surtió el efecto deseado, captar la atención del dúo conflictivo, que abrió la puerta de la casa para ver qué pasaba. El marido de Emma, que portaba un cartón de huevos, los fue lanzando entonces a la fachada delantera, logrando así enfadar a sus enemigos. En cuanto la puerta de la calle fue abierta, los vecinos se echaron encima del matrimonio, sujetándoles para que Emma pudiera anestesiarles con las jeringuillas que llevaba. En pocos minutos, y a pesar de sus forcejeos, ambos quedaron fuera de combate.

Entonces la turba furibunda entró en la casa, arrastrando al matrimonio. Emilio fue el único que se quedó en la puerta. Llamó por teléfono a Ángel, y éste llegó enseguida a la calle, conduciendo una de las furgonetas de su empresa. Tras abrir las puertas del vehículo, Emilio, Ángel y un par de vecinos más, introdujeron en la casa algunos sacos, ladrillos y útiles de albañilería. Mientras tanto, y en el salón de la casa, Emma y su marido habían amordazado al matrimonio, y también les habían atado las manos y tobillos con cuerdas, para poder limitar sus movimientos cuando la anestesia dejase de hacer efecto. Del mismo modo, registraron sus ropas en búsqueda de algún teléfono móvil, no hallando ninguno.

Tras varias horas de arduo trabajo vecinal, y capitaneados por Ángel, lograron culminar el plan de Emilio. Había sido necesario anestesiar una vez más al matrimonio, pero eso había regalado un tiempo extra valioso. Al caer la noche, los molestos nuevos vecinos estaban emparedados en el salón de la casa, mientras los demás se felicitaban por el éxito de la operación. Nunca más les molestarían, y en sus últimas y agónicas horas de vida, quizás recordarían la apoteósica bienvenida al vecindario que les habían dado. Porque, hasta quedarse sin oxígeno, tendrían tiempo de pensar, vaya si lo tendrían.

Fueron pasando los días y las semanas sin noticias del matrimonio, a pesar de que sus amistades intentaron visitarles sin éxito. Alarmados porque tampoco podían contactarles por teléfono, interrogaron a algunos de los vecinos, que, siguiendo las últimas directrices acordadas en casa de Ángel, daban la misma respuesta: se habían ido de viaje, avisándoles de que le echaran un ojo a la casa por si pasaba algo.

Y hasta que ocurrieran nuevos acontecimientos, Emilio, Ángel, Emma y el resto del vecindario, estaban decididos a paladear cada noche de agradable sueño sin remordimiento alguno. Nadie sentía un verdadero arrepentimiento por la horripilante manera en que se había obrado. Sencillamente porque todos se justificaban pensando en lo mismo… ¿no merecía todo el mundo un poco de descanso en su propio hogar?