11 de mayo de 2017

Fin de trayecto (Parte 2 de 2)

Nota introductoria: Para leer la primera parte, clicka aquí.


Fin de trayecto

Los gritos no dejaban de sucederse, y Mario empezó a reducir la velocidad del autobús. Un nuevo grito, esta vez mucho más inhumano que el resto, hizo que Mario pusiera sus dos pies sobre el pedal del freno, empezando a frenar bruscamente. Pero se escuchó en el autobús un nuevo chasquido de dedos, y Mario dejó de tener el control de sus piernas. No las sentía, pero pudo observar que sus pies ya no pisaban el freno y que uno de ellos se mantenía constante en el pedal de aceleración.

Desconcertado y enloquecido, continuó escuchando gritos y más gritos de dolor, desesperación y agonía. Sentía cómo la vida se estaba marchando de los cuerpos de todas aquellas personas que estaban a su espalda. Y en su cabeza se intercalaban sin cesar multitud de preguntas. ¿Aquello era real? ¿Había forma de escapar de aquella carnicería surrealista? ¿Él sería el último de todos en morir? ¿Cómo podía recobrar el control de sus piernas? ¿Habría alguna forma de parar a aquella especie de demonio y salvar a alguien? ¿Podría pedir ayuda? Esa fue la palabra clave que le sacó un poco de su estado de pánico, ayuda. Mario dejó una mano en el volante, y sin apartar la vista de la carretera, rebuscó en sus pantalones con la intención de encontrar su teléfono móvil. Una vez que logró cogerlo, marcó impulsivamente el número de emergencias. Cuando le cogieron la llamada y Mario empezó a hablar, se escuchó otro chasquido de dedos y Mario observó como la mano que sostenía el teléfono abría la ventana del lado del conductor y tiraba el teléfono a la carretera. Inmediatamente, esa misma mano se aferró al volante, y Mario sintió con una nueva ola de pánico que no sólo había perdido el control de sus piernas, sino también de sus manos. Aquel demonio había hecho que Mario perdiera el control de sus extremidades y siguiera conduciendo mientras atrás continuaba la carnicería.

Cuando el autobús pasó nuevamente junto a otra farola, Mario observó desperdigados por el autobús los cuerpos de casi todas las personas que se habían subido a él. Todos estaban abiertos por el pecho, y la sangre había decorado casi todas aquellas partes del autobús que Mario pudo observar por el espejo retrovisor. Cada vez se escuchaban menos gritos, y eso era síntoma de que el número de personas vivas había ido descendiendo. Un par de minutos antes de que el autobús accediera a una carretera con una mejor iluminación, Mario escuchó otro chasquido de dedos, y las luces del interior volvieron a encenderse. El espectáculo era dantesco y surrealista. Todas y cada una de las personas del autobús, a excepción de una, estaban muertas y con el pecho abierto, y todo estaba manchado de sangre. 

Una vez que Mario observó a la única persona que quedaba en pie, cuyos ojos aún brillaban en aquel color rojo tan aterrador, empezó a lamentar haberse reído de él. Era el hippie, que había recobrado su apariencia humana. Un pensamiento extravagante cruzó la mente de Mario: si hubiera tenido que sospechar de alguien, lo habría hecho del hombre “sonrisa dentífrica”. Pero aquel hombre estaba echado hacia atrás en su asiento, con el pecho tan abierto que se le podían ver los órganos. Mario reprimió con mucho esfuerzo las ganas de vomitar. El hippie, ya con los ojos enrojecidos como cuando subió al autobús, se acercó a paso lento hacia Mario. Una vez llegó a su altura, empezó a hablarle con la misma voz gélida que había anunciado anteriormente el inicio del espectáculo:

- Ha sido fascinante, ¿verdad?- preguntó mientras se limpiaba un poco de sangre que tenía en la barbilla-.
- Si te preocupa que yo…- Mario no sabía qué decir-, que yo hable, puedes estar tranquilo, lo único que quiero es ir a casa y convencerme de que todo esto ha sido una pesadilla.
- No temas, no tengo intención de matarte- dijo el hippie mientras le ponía una mano a Mario en el hombro, haciendo que éste se sintiera aún más asustado-. Mi intención es que me ayudes a alimentarme un poco más esta noche, aún estoy hambriento.
- ¿Alimentarte?- Mario tuvo que reprimir la primera imagen del demonio que vio en el espejo, y nuevamente las ganas de vomitar-.
- Así es, si no me equivoco, aún te queda un viaje más hasta que acabe el turno de noche, y habrá más personas que se suban aquí para regresar a casa. Lo único que has de hacer- y el hippie alejó su mano del hombro de Mario para señalar el volante-, es seguir conduciendo.
- ¿Y si me niego?- Mario intuía la respuesta pero tenía que preguntar-.
- Morirás como las otras personas, así de simple.
- ¿Y cómo crees que se subirá alguien al autobús con la carnicería que has montado?- Mario hizo esa pregunta con la falsa ilusión de que saldría victorioso-.
- Muy sencillo- y el hippie chasqueó los dedos, y como por arte de magia, tanto los cadáveres como los cuerpos desaparecieron del autobús, sucediendo lo mismo con la sangre que decoraba el lugar-. Ser un demonio tiene sus ventajas como puedes ver. ¿Vas a ayudarme o no? Si lo haces, recobrarás el control de tu cuerpo.

Mario empezó a pensar. Si decía que no, iba a morir, y si decía que sí, tendría que cargar el resto de su vida con los sucesos de aquella noche. La única forma de poder hacer algo para cambiar su suerte, era volver a recobrar el control de sí. Sólo en ese caso tendría alguna opción de hacer algo. ¿Pero el qué? Estaba muerto de miedo y ya no sabía si deseaba vivir después de lo que había visto. La única idea que le hizo sentirse algo mejor, fue pensar que si ayudaba a aquel demonio, quizás podría evitar que otras personas corrieran el mismo destino que las que habían muerto en el autobús. No se iba a engañar sobre si alguna persona se subiría al autobús, ya que sabía de sobra que en el último viaje siempre se subía un buen número de pasajeros. La cabeza empezaba a dolerle, y se sentía muy cansado. Siguió sopesando unos segundos más sus opciones, y entonces recordó algo. Una parte del recorrido que aún le quedaba por hacer antes de empezar a recoger pasajeros. Se sentía un estúpido por no haberlo pensado antes. Trató de concentrarse en la idea que había aparecido a modo de salvavidas en su mente, y entonces le dio una respuesta al hippie/demonio:

- Te ayudaré, ¿acaso me queda otra opción?
- Un hombre inteligente- y el hippie chasqueó sus dedos y Mario volvió a sentir sus extremidades-. Ahora sigue el trayecto y recoge más alimento para mí.

Mario continuó la marcha, y empezó a desear con todas sus fuerzas que funcionara la idea que iba tomando forma en su mente. Había recordado que, antes de entrar en la ciudad, uno de los desvíos que ofrecía la carretera por la que ahora circulaba, era hacia una antigua cantera de piedra. Hasta donde Mario recordaba, había una buena caída hacia el fondo de aquella cantera para quien no condujera con cuidado. Y para ejecutar el plan que iba gestándose en su mente, necesitaba hacer una conducción peligrosa. Cada metro que el autobús recorría iba haciendo que Mario se sintiera más inquieto, pues iba acercándose el momento en el que tenía que coger el desvío deseado si pretendía tomar las riendas de la situación. Mario trataba de mostrarse tranquilo, mientras el hippie/demonio observaba el trayecto en silencio. No dejaba de llover, y el constante movimiento de los limpiaparabrisas dificultaba un poco la visibilidad de la carretera. 

El transcurso de la noche había sido una auténtica montaña rusa de sensaciones para Mario, que había pasado de estar haciendo su trabajo a sentir miedo, pánico, repulsión, y una sensación inmensa de soledad, de soledad ante la muerte. Demasiado bien tenían que darse las cosas para que Mario saliera indemne de aquello, y aunque lo lograra, él sabía que viviría el resto de su vida con los acontecimientos de aquella noche. Por lo tanto, las opciones de reponerse de aquella situación, eran tan elevadas como las de sobrevivir en la Antártida paseando a la intemperie solamente con un bañador. Absorto como se encontraba Mario pensando en todas estas cosas, estuvo a punto de pasar por alto el cartel que anunciaba la cercanía del desvío que deseaba coger. Aunque estaba muerto de miedo por lo que iba a hacer, así como por las consecuencias de aquello, Mario agarró con firmeza el volante, esperó hasta estar lo bastante cerca del desvío, y entonces, sin que el hippie/demonio lo esperara, dio un hachazo con el volante. Pese a la brusquedad del giro, Mario logró tomar el desvío, y la reacción del hippie/demonio no se hizo esperar, volviendo a hablar con aquella gélida y terrorífica voz:

- ¿Por qué has hecho eso? Te has salido de la ruta que debías seguir. Si estás jugando conmigo, lo pagarás con tu vida.
- Verás- se explicó Mario, que se había preparado una excusa-, he tomado esta dirección, por dos razones. Por un lado, nos permitirá llegar también a la ciudad al igual que por la ruta habitual. Y por otro lado, y creo que te gustará saberlo, por aquí se llega a una zona donde hay prostitutas- y Mario vio que el hippie/demonio no le seguía, así que continuó con su mentira, usando un jugoso anzuelo-. Había pensado recoger algunas prostitutas, y, bueno…alimentarte un poco más de lo que esperabas esta noche.

De repente los ojos del hippie/demonio brillaron mostrando su satisfacción, y esbozó una horrible sonrisa, mostrando algunos de sus dientes manchados de sangre. Su voz volvió a romper el silencio, y esta vez mostraba su satisfacción:

- Muy bien, veo que aprendes deprisa. Si te dedicas a saciar mis necesidades del mejor modo imaginable, recibirás la recompensa apropiada.
- Si crees que la merezco, la aceptaré con gusto- dijo Mario con sumisión, sintiendo repugnancia en su interior por haber dicho aquello para seguirle el hilo-.
- ¿Cuánto queda para encontrarnos a esas señoritas? ¿Cumplirás el horario del autobús a pesar de esta parada imprevista? Porque estoy muy hambriento, y si no sacias mi hambre, ya sabes la suerte que correrás.
- Llegaremos en unos minutos, y sí, cumpliremos el horario. Como te dije, por este camino también se llega a la ciudad.
- Sea así pues, vayamos en busca de carne, estoy ansioso por devorar más corazones.

Mario estuvo a punto de vomitar al escuchar la palabra “corazones”. Así que eso buscaba, corazones, y por eso abría el pecho de las personas. Cuanto más tiempo pasaba, más deseaba Mario llegar a la cantera para poner fin a aquello. Apenas quedaban algunos kilómetros, y empezaba a sentir en su interior una sensación de victoria, ya que el hippie/demonio parecía haberse tragado su ardid, y no imaginaba siquiera lo que iba a ocurrir. Mario pensó que así debió haberse sentido el hippie/demonio antes, cuando estaba sentado en la parte trasera del autobús, esperando el momento perfecto para darse su atracón de corazones. Gracias a los faros del autobús, Mario avistó la valla metálica que daba acceso a la cantera. No sabía si el autobús sería capaz de atravesarla por la fuerza, pero empezó a acelerar, cogiendo toda la velocidad que podía. Para cuando el hippie/demonio reaccionó al aumento de velocidad en dirección a la valla, el autobús la había logrado embestir con la fuerza necesaria para atravesarla. 

Ese choque había conseguido tirar al suelo al hippie/demonio. Al verlo en el suelo, Mario fue consciente de que tenía que ser muy rápido en sus movimientos si quería tener alguna opción, y trató de atisbar una forma de arrojar el autobús hasta el fondo de la cantera. Cuando el hippie/demonio se puso en pie, estaba totalmente furioso, su rostro había dejado de ser humano, y ahora mostraba el demonio que se escondía bajo la piel falsa. Chasqueó los dedos, y las manos y los brazos de Mario empezaron a arder. Por extraño que pareciera, y a pesar de la sensación abrasadora que sentía, Mario no le dio importancia a aquello, ya que había logrado encontrar lo que buscaba. Ya no importaba ni el abandono de su mujer, ni los deseos de estar frente a la chimenea o disfrutando de unas vacaciones. 

Desde que se acordó de la cantera, Mario se había hecho a la idea de que la ejecución del plan acabaría con su vida. Así que en lugar de apartar las manos del volante, se agarró a él con más fuerza, y siguió pisando el acelerador hasta el fondo. Otro chasquido de dedos hizo que todo el cuerpo de Mario estallara en llamas, convirtiéndole en una bola de fuego humana. Sólo quedaban unos metros, unos metros más que acabarían con todo, incluso con esa sensación tan dolorosa que provocaba el fuego. Mario, sintiendo que la vida se le escapaba a marchas forzadas, encontró un pequeño resalto en el perímetro de la cantera, lo atravesó, y el autobús voló algunos metros. Fue entonces, cuando, haciendo acopio de sus últimas fuerzas, le gritó al hippie/demonio:

- ¡Fin de trayecto!

El hippie/demonio lanzó un grito furioso, y se acalló por completo cuando el autobús se estrelló en el fondo de la cantera, explotando en mil pedazos. Desde el momento en que el autobús había explotado, Mario había dejado de sufrir, y todo había acabado para él. Los restos del vehículo ardían con intensidad, a pesar de ser rociados con la incesante lluvia que caía aquella noche. Entonces, de entre aquellos restos, salió una figura. Aquella figura tenía cuernos en la cabeza, y se estaba sacudiendo algunas cenizas que se habían pegado a su horripilante cuerpo. El demonio se quedó un rato contemplando el fuego, saboreando el hecho de que no habían podido acabar con él. Aquel conductor había hecho un sacrificio elogiable, pero inútil. El demonio empezó a abandonar el recinto, volviendo a recobrar su apariencia humana. Entonces habló al vacío, como si alguien pudiera oírle:

- Necesito otro conductor. Sigo muy hambriento.

28 de abril de 2017

Fin de trayecto (Parte 1 de 2)

Nota introductoria: He de confesar que este texto lo escribí hace casi dos años y con motivo de un concurso de terror. Como ya ha pasado un tiempo desde entonces, me apetecía compartirlo con quienes tengan ganas de leerlo y expresar sus opiniones. No he modificado nada, por lo que para bien o mal, está escrito del modo en que escribía hace tiempo, así que espero que os guste.



Fin de trayecto

El potente rugido del motor al encenderse, le hizo pensar a Mario que aún quedaban 2 viajes más para finalizar el itinerario y terminar el turno de noche. Mario conducía un autobús de línea que conectaba un pueblo de Granada con el centro de la ciudad. Eran las 22 de la noche, hora de salir desde el pueblo hacia la ciudad, para una vez allí, volver y guardar el autobús en la cochera de la empresa. Una vez que Mario comprobó la hora, quitó el freno de mano y puso en marcha el vehículo. La noche estaba siendo bastante fría y lluviosa; no en vano era pleno invierno, y hacía varios días que no dejaba de llover y las temperaturas estaban siendo bien bajas, rozando los 0 grados, e incluso en ocasiones por debajo de esa franja. El trayecto desde el pueblo hasta la última parada en Granada capital, duraba alrededor de una hora, y hasta alcanzar los alrededores de la ciudad, transcurría por una carretera poco iluminada y con algunas partes mal asfaltadas, algo que había que agradecer a la genial gestión de obras públicas del ayuntamiento municipal.

Mario fijó bien la vista en la carretera, ya que la lluvia y la poca iluminación de la misma hacían complicada la tarea de ver pasajeros a los que recoger. Sin duda era una noche para estar en casa, acompañado de una buena chimenea y oyendo un buen disco de música, quizá con alguien especial como acompañante. Una pena que para Mario eso no fuera posible, y no por el hecho de estar trabajando no, pues si sólo fuera eso ejecutaría tal plan encantado al volver a casa. No era posible porque para empezar, le había dejado su mujer hacía un par de semanas, alegando “disparidad de aficiones y ambiciones en la vida” (¿y después de tres años de pareja y tres de casados se daba cuenta de eso?). También contribuían dos cosas además de la agudeza mental de su mujer: el hecho de que a la chimenea de su casa le hacía falta un arreglo que había aplazado indefinidamente, y que su “ambiciosamente dispar” señora se había marchado de casa cogiendo entre otras cosas gran parte de su colección de discos de música. Así que, como dice la popular frase “ajo y agua” se dijo Mario, y centró su atención totalmente en la carretera, dejando de perder el tiempo en pensamientos agradables pero inejecutables a corto plazo. 

No tardó en llegar a la primera parada del recorrido, deteniendo el vehículo para recoger a dos personas que esperaban bajo un paraguas. Abrió la puerta y observó a la mujer anciana que subía trabajosamente los peldaños, mientras la otra persona, que debía ser su marido por la edad, plegaba pacientemente sus paraguas. Al terminar de subir la anciana los peldaños del vehículo, pasó al lado de Mario y le saludó amablemente, y segundos después hizo lo mismo su acompañante, con la diferencia de que él pagó el pasaje de ambos, y no gesticuló palabra alguna. Una vez que Mario le dio los resguardos de haber pagado el viaje y el hombre se sentó con su mujer, el vehículo reanudó la marcha.

Disparidad de aficiones y ambiciones en la vida...Mario no quería recordarlo pero su subconsciente fue travieso y lo torturó un poco. ¿Cómo puede ser que tras seis años con alguien, te deje por esas razones? La respuesta a la pregunta era tan simple como que había una tercera persona, o bien su mujer tenía más serrín en la cabeza del que nunca había imaginado. Pero Mario no tenía más ganas de pensar en el asunto, así que volvió a dejar la mente en blanco y centrarse en la carretera.

La siguiente parada estaba desierta, así que el autobús pasó de largo por la tranquila calle del pueblo a la que acababa de llegar. Mientras tanto continuaba el golpeteo incesante de agua sobre los cristales del autobús. Mario tendría pronto sus vacaciones, justo al finalizar el mes. La perspectiva de disfrutar de un mes en el principio de su nueva (pero ya vivida antes) etapa de soltería, le levantaba un poco el ánimo, tan oscuro últimamente como la noche que envolvía al autobús en sus entrañas. A escasos metros de la tercera parada, avistó a varias personas refugiadas de la lluvia bajo sus paraguas, y empezó a aminorar la marcha. Una vez detenido el vehículo, Mario inició la maniobra habitual: apertura de puertas y cobro a los pasajeros. En esta ocasión subieron un hombre y dos mujeres, siendo una de ellas la primera en pagar, y sentándose seguidamente en un espacio de cuatro asientos colocados de frente. La siguiente persona fue la otra mujer, que pasó de largo a Mario y observó los gestos que con la mano le hacía la anterior. El hombre que iba con ellas le pagó a Mario, al tiempo que en voz baja le insistía a la segunda mujer en “no sentarse con su pesada vecina” según oyó Mario.

Finalmente, y tras el caso omiso que le hizo la mujer, acabaron sentándose junto a la otra, que esbozaba una sonrisa de satisfacción y empezaba a charlar animadamente. Mario cerró la puerta y arrancó de nuevo. Apenas avanzados un par de metros, se oyeron unos golpes en el lateral del autobús. Mario miró al espejo exterior derecho y observó a dos chicos corriendo, haciendo señas de que parase. Y entonces Mario paró la marcha, abrió la puerta y los dos chicos que venían corriendo y que estaban empapados, le agradecieron parar, le pagaron, y se reanudó la marcha.

Parecía mentira, el autobús aún no había salido del pueblo y apenas se veía nada claramente, gracias a la tétrica iluminación brindada por las escasas y distanciadas farolas de las calles. Hacia la mitad del pueblo, llegando casi a la zona donde se ubicaba el ayuntamiento municipal, estaba la 4ª parada del trayecto. Mario recogió allí a una chica de aspecto gótico y tez demasiado pálida que ni le miró al pagar el viaje, y a un hombre vestido elegantemente con un traje negro a rayas y gabardina oscura, de aspecto mucho más colorido que la chica de hace unos instantes. Qué diferencia de contrastes pensó Mario mientras el hombre le dedicaba una amplia sonrisa (como la de los anuncios de pasta dentífrica que salen en la televisión), y se acomodaba en el último asiento del vehículo.

Mario volvió a circular y tomó rumbo a la 5ª parada, situada casi al final del pueblo, en los alrededores de la zona residencial en la que él vivía. El recuerdo de su casa le dio una cálida sensación de confort, rota inmediatamente cuando pensó que nadie le recibiría al llegar, ni siquiera un perro o un gato, ya que su mujer los odiaba. Tampoco le ayudó ver salir humo de las chimeneas de varias casas colindantes a la suya, dándole una gran sensación de envidia, y no precisamente de la sana. Pasó de largo al no esperar nadie en la calle por donde había de parar el vehículo, y enfiló a gran velocidad la última parte del trayecto, que era toda en línea recta. En la 6ª y última parada, no tardó en divisar a una persona alzándole el brazo en señal de que parase, y así lo hizo. Observó entre curioso y crítico al último pasajero, que era un chico de aspecto hippie: pelo con rastas, ropa holgada y de colores verdosos, y varios parches cosidos en la chaqueta que llevaba puesta, uno de los cuales decía “Yo también fumo como Bob Marley ¿y qué?” bastante pintoresco.

El chico tenía los ojos notablemente enrojecidos, y su expresión facial era una mezcla entre relajada y a media sonrisa. Éste sí que ha fumado como Bob Marley hoy pensó Mario, e incluso puede estar viéndolo todo de color verde ahora. El hippie se tomó su tiempo para sacar su monedero de tela con los vivachos colores de la bandera de Jamaica. Igualmente se tomó su tiempo para sacar el dinero del viaje. Mario pudo oír a uno de los pasajeros decir “el hippie éste se cree que tenemos todo el tiempo del mundo”. Los movimientos a cámara lenta siguieron, llegando a impacientar a Mario, que pensaba que el colofón a eso sería que además le faltara dinero al chico. Tal cosa le resultó graciosa cuando la imaginó en su mente, y empezó a sentirse más animado. Sin embargo eso no pasó, y una vez abonado el importe del viaje, el hippie continuó con su parsimonia yendo hasta el final del vehículo, a sentarse cerca del hombre “sonrisa dentífrica” (el cual esbozó otra sonrisa amplia) y la chica gótica. Diferencia de contrastes: segunda parte, pensó nuestro irónico chófer, al divisar al pintoresco trío de pasajeros del final. Volvió a sentir cómo su ánimo subía unos grados más, y arrancó de nuevo, saliendo de los límites urbanizados del pueblo, donde ya no había más pasajeros que recoger.

Desde que se salía del pueblo hasta que se llegaba a Granada capital, el trayecto duraba unos 45 minutos. Y hasta llegar a carreteras mejor iluminadas, aún quedaban unos 30 minutos, así que Mario despejó del todo su mente, centró la vista en la carretera, y prestó toda su atención a esa labor. Mientras él se mostraba única y exclusivamente centrado en la conducción, las dos mujeres que habían subido en la misma parada seguían hablando alegremente, mientras el marido de una de ellas miraba resignado por la ventana. La pareja de ancianos estaba abrazada y silenciosa. Los jóvenes que casi pierden el autobús estaban jugando con sus teléfonos. La chica gótica escuchaba música por unos auriculares mientras leía un libro. El chico hippie parecía sumido en su mundo interior. Y el hombre “sonrisa dentífrica” hablaba por su teléfono móvil, aunque sin dejar de sonreír. Cualquier persona que hubiese reparado en esa sonrisa perpetua similar a la de Jack Nicholson haciendo de “Joker”, habría pensado que a aquella persona le pasaba algo. Lo que solamente una de las personas ocupantes del autobús sabía, es que de un momento a otro, iba a ocurrir algo terrible para el resto.

El autobús entró en un tramo especialmente oscuro de la carretera, donde no había más vehículos circulando. La estampa no podía ser más solitaria en una noche tan tormentosa, donde lo deseable era estar resguardado de ella en casa. Mario seguía concentrado en mantener firme el rumbo, a pesar del incesante golpeteo de la lluvia sobre el parabrisas y la poca visibilidad. Sin embargo, una gélida voz rompió totalmente su concentración, poniéndole el vello de punta. Esa voz resonó con fuerza en todo el autobús anunciando algo:

- Que comience el espectáculo.

A la voz le acompañó un chasquido de dedos, y todas las luces del autobús empezaron a apagarse. A continuación Mario observó por el retrovisor dos puntos rojos en el fondo del autobús, y sintió el mayor terror que jamás había experimentado. Empezaron a oírse gritos en la parte trasera del vehículo, auténticos gritos de dolor. Mario trató de aferrarse al volante para no salirse de la carretera, pero podía notar cómo su corazón se desbocaba y latía sin ningún control. Los gritos no dejaban de sucederse, y la muerte sobrevolaba el interior del autobús. Se escuchaban multitud de ruidos, sonidos pringosos, y otros similares a cuando una persona se pone a sorber sin miramientos de una pajita. 

Cuando el autobús sobrepasó una de las pocas farolas de la carretera, Mario tuvo unos segundos para observar con claridad lo que sucedía a su espalda. Habían bastado esos segundos para helarle la sangre y destrozar su cordura. Lo que había observado…eran esos dos puntos rojos…y la figura horripilante a la que pertenecían esos puntos, que no eran otra cosa que sus ojos. Mario creyó ver que en la cabeza de aquella figura había un par de cuernos, y no pudo evitar pensar en películas de terror baratas, de aquellas que trataban de luchas contra demonios. Sin embargo, lo más espantoso que Mario había observado durante los segundos que miró al retrovisor, no fue el aspecto de aquella especie de demonio. Lo más terrorífico de todo, había sido ver lo que estaba haciendo, que era abrir el pecho de una de las mujeres del autobús, succionando algo de su interior. Mario supo desde el instante en que lo vio que aquella imagen le acompañaría el resto de su vida...


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